700 años de Tenochtitlán

El pasado viernes 11 de julio, bajo el manto de una lluvia insistente, se inauguró en el zócalo de la Ciudad de México el espectáculo “Memoria Luminosa”, un homenaje visual y monumental a los 700 años de la fundación de México-Tenochtitlán.
No fue solo un evento artístico; fue un acto de justicia histórica. Porque mientras Coatlicue, la Piedra del Sol y Tlaltecuhtli se proyectaban sobre los muros coloniales del Palacio Nacional, era como si los cimientos prehispánicos de esta ciudad —a menudo silenciados— volvieran a hablar, a latir, a respirar.
Y yo me pregunto, ¿cuántos de nosotros sabíamos que, Tenochtitlán nació el mismo año que un eclipse cubrió el cielo por más de cuatro minutos? ¿Cuántos sabíamos que fue fundada sobre un lago, que sus barrios se organizaron con una lógica social, económica y ritual, tan compleja como cualquier ciudad moderna? ¿Cuántos sabíamos que, antes de Tenochtitlán, ya Teotihuacán había sido una metrópoli de más de 125 mil personas, donde no solo se organizaban por afinidad étnica, sino por oficios, por conocimientos y por sueños compartidos?
La arqueóloga de la UNAM, Linda Manzanilla, ha dedicado su vida a estudiar estos vestigios, a leer los huesos como quien lee una carta, a reconstruir la historia de los primeros sastres, alfareros y arquitectos de América. Gracias a ella y al trabajo del INAH, hoy sabemos que las pirámides no eran tumbas ni caprichos del poder, sino respuestas arquitectónicas a los dioses, a la lluvia, al fuego y a la vida misma.
Y, aun así, en el espectáculo de “Memoria Luminosa”, esa parte fue breve, y tuvo que ser inmensa. Pero se proyectó en parte como si todavía nos costara decir, en voz alta y con orgullo: venimos de ahí. Como si doliera aceptar que antes de Cortés, antes de las Carabelas, antes del oro, ya existía civilización, ciencia, arte y pensamiento.
Es por eso que escribo esta columna. Porque no quiero que se nos olvide. Porque, aunque se nos anegue el zócalo, aunque Tláloc nos reclame con tormenta, debemos seguir hablando de Tenochtitlán como lo que fue: la joya del Anáhuac, el corazón flotante de un mundo de agua, sol y obsidiana.
Por ello, permítanme contarles resumidamente el inicio de nuestra historia:
La ciudad bajo el lago, la historia que nos sostiene, Tenochtitlán fue fundada por los mexicas en 1325, cuando llegaron al Valle de México después de una larga peregrinación. El mito nos dice que buscaban la señal prometida por su dios Huitzilopochtli: un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente. La encontraron en un islote del lago de Texcoco. Y ahí, sobre el agua, fundaron su ciudad.
Pero esta no era una aldea cualquiera. Desde sus inicios fue construida con maestría hidráulica: chinampas, canales, calzadas flotantes, diques. Los mexicas transformaron el paisaje y lo volvieron fértil. Organizaron la ciudad en cuatro barrios principales, y desarrollaron un sistema político-militar que, con el tiempo, dominaría gran parte de Mesoamérica.
Para el siglo XV, Tenochtitlán ya era el centro de un imperio. Su mercado de Tlatelolco era más grande que cualquier plaza comercial en Europa. Tenía templos, escuelas, archivos, palacios y acueductos. Llegó a tener más de 175 mil habitantes, lo que la convirtió en una de las urbes más grandes del mundo en su época.
A través de códices, crónicas y hallazgos arqueológicos, sabemos cómo era la vida cotidiana: los sacerdotes observaban los cielos, los guerreros defendían la ciudad, las mujeres cultivaban, tejían, enseñaban. Había danzas, poesía, medicina, astronomía y leyes.
Pero en 1519 llegaron los españoles. Y con ellos, la guerra. Hernán Cortés, con la ayuda de pueblos enemigos de los mexicas, como los tlaxcaltecas, avanzó hasta las puertas de Tenochtitlán. Moctezuma Xocoyotzin lo recibió con diplomacia, pero la tensión creció. Lo que siguió fue una tragedia.
Después de la Matanza del Templo Mayor en 1520, la ciudad se volvió un campo de batalla. Tras casi tres meses de sitio, hambre y enfermedad, Tenochtitlán cayó el 13 de agosto de 1521. Sus templos fueron destruidos, sus códices quemados, sus sabios asesinados. Sobre sus ruinas se levantó otra ciudad: la capital de la Nueva España.
Sin embargo, Tenochtitlán nunca desapareció. La encontramos en las piedras de la Catedral, en los vestigios bajo el Metro Pino Suárez, en el Templo Mayor, en las palabras que aún decimos en náhuatl, en el maíz que seguimos sembrando, en los tambores que suenan en los domingos del Centro Histórico.
Por eso, celebraciones como “Memoria Luminosa” importan y deben realizarse mejor. Porque no solo nos dan luz, nos devuelven visión. Porque cada rayo que ilumina las réplicas de nuestras deidades, nos recuerda que lo indígena no está en el pasado: está en nuestras venas, en nuestra lengua, en nuestras luchas actuales por justicia, dignidad y verdad.
Tenochtitlán fue un acto de resistencia en su nacimiento. Y sigue siéndolo. Que no se nos olvide. Porque cuando olvidamos, nos vencen. Y Tenochtitlán no cayó: renació en nosotros.

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Daniel Aguilar
Daniel Aguilar

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