La memoria poblana en la tragedia del 11 de septiembre

Michelle López y Juan Rubio
Mixteca poblana.

Han pasado 24 años desde los atentados terroristas del 11 de septiembre en Nueva York. En San Pablo Anicano, la memoria de Leonardo López Pascual, el único poblano reconocido oficialmente entre las víctimas, sigue viva entre su familia y vecinos, quienes cada año le rinden homenaje con una misa en su honor.

Leonardo migró a Estados Unidos en busca de un futuro mejor. Primero trabajó como mesero, hasta que logró colocarse como cocinero en una pizzería ubicada en el piso 107 de una de las Torres Gemelas. Allí quedó atrapado el día del ataque.

Su madre, doña Anita Pascual, recuerda que en varias ocasiones le pidió que regresara a México, pues temía por él al trabajar a tanta altura. Sin embargo, Leonardo decidió permanecer en Nueva York convencido de que ahí estaba la oportunidad para sacar adelante a su familia.

Tras el colapso de las torres, a doña Anita le entregaron una caja con cenizas y restos mezclados con fierros y escombros, junto con una bandera estadounidense. Años después, las autoridades le notificaron que pruebas de ADN habían confirmado la identificación de restos de su hijo: dos o tres fragmentos óseos de su pierna, que fueron entregados en una pequeña caja y sepultados en el panteón de San Pablo, junto a la iglesia.

La noticia devastadora también la vivió su esposa, Mirna Huerta Aguirre, quien aún recuerda con claridad aquel día. “Al principio creí que no era real, como si fuera una película. Sin embargo, cuando salió el segundo avión dije: esto es real y recordé que él trabajaba ahí”, relató. Fue su suegra quien le confirmó la muerte entre lágrimas, tras regresar de Acatlán de Osorio: “Su hijo había fallecido y así nos enteramos”.

Mirna crio sola a sus dos hijas, enfrentando las dificultades de sacar adelante a la familia entre la tristeza y la ausencia. “Ellas crecieron sin él, y sus hijos ya no conocieron a su abuelo”, dijo. Con el paso de los años, sus primogénitas formaron sus propias familias, pero el recuerdo de su padre sigue presente en cada reunión. “Uno queda solo, ya nunca jamás es igual”, expresó con voz entrecortada.

Migrantes poblanos y el recuerdo compartido

El dolor de San Pablo Anicano se entrelaza con las memorias de los migrantes poblanos que vivían en Estados Unidos durante aquellos días. Aunque lejos de Nueva York, muchos experimentaron el miedo, la incertidumbre y la pérdida de amistades.

Los recuerdos de ese día siguen vivos entre quienes presenciaron los ataques o temieron por sus familiares. Entre ellos, Roberto Bravo, originario del municipio de Coatzingo, y el doctor José Plácido Jiménez Amigón, de Acatlán de Osorio, compartieron sus memorias y reflexiones sobre aquel martes que transformó vidas y generó incertidumbre entre los migrantes.

Impacto inmediato entre la comunidad poblana en EU

La mañana del martes 11 de septiembre de 2001, cuatro ataques terroristas suicidas fueron perpetrados por el grupo Al Qaeda en Estados Unidos. Dos aviones comerciales impactaron las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York, un tercero se estrelló contra el Pentágono en Virginia y el último cayó en un campo de Pensilvania.

Roberto Bravo, entonces presidente de la “Federación de Pueblos Poblanos en el Exterior”, trabajaba en una compañía de remanufacturado de partes cuando comenzaron a circular las primeras noticias. La preocupación inicial no solo era por las víctimas en Nueva York, sino por los familiares y amigos de los migrantes poblanos. “La primera reacción de quienes teníamos familia allá fue pensar: ¿cómo estarán los nuestros?”, relató.

La tensión se extendió en los días posteriores. Las medidas de seguridad en varias ciudades, como Nueva York y California, aumentaron significativamente. Roberto Bravo recordó que incluso en California, lejos de Manhattan, se reforzaron los controles en las plantas nucleares por temor a más ataques.

Historias personales y pérdidas cercanas

El doctor José Plácido Jiménez Amigón, migrante originario de la Mixteca poblana, recordó que estuvo cerca de encontrarse en Manhattan un día antes de los atentados. Su cita era con el Cónsul, y el encuentro se realizó el 10 de septiembre. “Si hubiéramos asistido ese día a la reunión con el Cónsul, de regreso nos habría tocado el ataque del 11 de septiembre”, compartió.

Jiménez Amigón también perdió amistades durante los ataques. Eran compañeros de barrio en Queens que trabajaban en las Torres Gemelas. Mientras laboraba en una tienda de flores en New Jersey, presenció el impacto del segundo avión: “Vi con mis propios ojos cómo se estrelló el segundo avión. Desde donde trabajábamos alcanzábamos a ver cómo se incendiaban las torres” expresó.

Estos recuerdos mantienen vivo el vínculo emocional de los migrantes poblanos con el suceso. No solo fueron testigos de un evento global, sino que experimentaron directamente el temor y las pérdidas dentro de sus comunidades.

Incertidumbre y unidad comunitaria

La comunidad migrante poblana en Estados Unidos enfrentó días de incertidumbre. No había registros precisos de cuántos poblanos murieron en los ataques, lo que aumentó el miedo. Roberto Bravo explicó que, en medio de la confusión, muchos reforzaron los lazos con sus familias y comunidades para enfrentar juntos las noticias.

La sensación de vulnerabilidad se hizo evidente. Roberto Bravo compartió un mensaje que aún resuena: “Ese día nos enseñó que nadie tiene la seguridad de regresar a casa. Cuando salgamos a trabajar, debemos despedirnos con cariño de nuestras familias, porque nunca sabemos qué pueda pasar”.

Un recuerdo que sigue vivo

A 24 años de la tragedia, los migrantes poblanos coinciden en que la memoria del 11S no es solo un episodio de la historia mundial, sino un momento que transformó sus perspectivas como migrantes. Para muchos, representó el inicio de un periodo de mayor vigilancia y cambios en las políticas migratorias y de seguridad en Estados Unidos. Los testimonios de Roberto Bravo y Jiménez Amigón evidencian que el 11 de septiembre fue más que imágenes en las pantallas: dejó una enseñanza sobre la fragilidad de la vida y la importancia de los vínculos familiares y comunitarios

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Daniel Aguilar
Daniel Aguilar

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