La noche del 15 de septiembre marcó una antes y un después en la historia de México, pues la presidenta, Claudia Sheinbaum, la primera mujer en ocupar la presidencia de la república, encabezó la ceremonia del Grito de Independencia desde el Palacio Nacional ante más de 130 mil personas. Esto simboliza el cambio, debido a que visibilizó a las mujeres que habían sido ignoradas en relatos patrios.

Mafer Muval / Nacional
La mandataria imprimió un carácter profundamente simbólico en su intervención. Vestida con una falda de color alusivo al feminismo, detuvo su recorrido frente al retrato de Leona Vicario, y recibió la bandera nacional de manos de ocho cadetes mujeres. En su grito, incluyó a Josefa Ortiz, la antes mencionada Vicario y a las mujeres migrantes, en una mezcla de memoria histórica y compromiso.
El evento transcurrió bajo una estética sobria, con un protocolo breve y sin invitados internaciones, como anunció Sheinbaum en días anteriores; sin embargo, la ceremonia tuvo gran carga emotiva al ser rodeada de amor mexicano. El repique de la campana de Dolores, los fuegos artificiales y la música tradicional cerraron la jornada, tras una intervención que, aunque breve, logró un mensaje claro.

Con soberanía, inclusión y justicia social, el acto se suma a otras decisiones recientes con fuerte carga simbólica, como la incorporación oficial al calendario de un nuevo día cívico: el Día de las Heroínas Anónimas de la Patria. La medida tomada por el gobierno mexicano, busca rescatar del olvido a cientos de mujeres que lucharon por el país, pero que nunca ocuparon un lugar en las efemérides.
A casi un año de su mandato, Claudia ha consolidado un estilo propio, más técnico que el de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, pero sin perder de vista la importancia de los gestos de su partido. El enfoque que ha combinado eficiencia administrativa con una narrativa de justicia social, lo cual ha contribuido a mantener una aprobación ciudadana cercana al 80%, según encuestas.





