La derecha anticomunista
Por Nicolás Dávila Peralta
El pasado jueves, se cumplieron 57 años de la “Masacre de Tlatelolco”, una matanza masiva de mexicanos que protestaban contra el autoritarismo y la represión del gobierno. El 2 de octubre de 1968 ha quedado marcado en la historia del México del siglo XX, como la mayor muestra de la violencia gubernamental, pero también como el inicio de un cambio político y social que repercutió en el resto del siglo y en los cambios actuales.
Una de las instituciones a las que impactó el 2 de octubre fue la Iglesia Católica. El espacio de esta columna es corto para analizar los cambios en la institución religiosa más importante del país y de América Latina. Me detendré únicamente en un aspecto: la ruptura del modo de ver y analizar la sociedad de ese tiempo.

Ese año, acababa de concluir la segunda conferencia de los obispos latinoamericanos, y el documento elaborado en esa reunión, celebrada en Medellín, Colombia, sacudió a la Iglesia. Los obispos llamaron a comprometerse en la defensa de los pobres, y condenaron las dictaduras militares que padecían varios países latinoamericanos y que costaron la vida de varios sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas y hasta de dos obispos.
No obstante, los obispos mexicanos mantenían un pensamiento conservador, salvo dos excepciones: el obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, y el joven obispo de Chiapas, Samuel Ruiz García; este último preocupado por la promoción y defensa de las comunidades indígenas.

Frente a la “Masacre de Tlatelolco”, los obispos guardaron silencio. Una semana después publicaron un comunicado firmado por el entonces presidente del episcopado Ernesto Corripio, arzobispo de Oaxaca. Llamaban a la paz y al diálogo, cuando ya quienes habían hablado eran las ametralladoras. Una forma diplomática de reaccionar sin confrontarse con el gobierno del anticomunista Gustavo Díaz Ordaz.
Días antes de la masacre, el arzobispo de Puebla Octaviano Márquez y Toriz, amigo personal del presidente Díaz Ordaz, reconocía las acciones del mandatario para reprimir las protestas estudiantiles.
Para este jerarca, el presidente de México combatía la conspiración comunista. Pero a partir de 1968, la Iglesia ya no era monolítica, la Conferencia de Medellín empezaba a cuestionar el quehacer de la Iglesia.

Durante el movimiento estudiantil, hubo clérigos que se manifestaron a favor de las demandas de los escolares. El primero de ellos, el obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, quien desde la catedral morelense reconoció las causas justas de los estudiantes, y condenó después la “Masacre de Tlatelolco”.
Aún más: semanas después, viajó a la Ciudad de México, hizo guardia a las puertas de la cárcel de Lecumberri, hasta que le permitieron visitar y dialogar con los líderes estudiantiles presos en esa que era la peor prisión de la capital del país, el llamado “Palacio Negro”.
A la par, un grupo de 37 sacerdotes publicó una carta en apoyo del movimiento estudiantil el 1° de septiembre de ese año. Fue una voz aislada, sin embargo, la prensa los presentó como curas a favor de la conspiración comunista.
José Álvarez Icaza, entonces director del Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), fundado por el episcopado mexicano, también se manifestó a favor del movimiento, y casi de inmediato, Anacleto González Flores, ex cristero y presidente de la Unión de Católicos Anticomunistas, públicamente le reprochó su apoyo.
Hasta el sacerdote Pedro Velázquez, director del Secretariado Social Mexicano, creador del grito que resonó en las calles de Puebla en 1961: “Cristianismo, sí, comunismo, no”, rechazó la represión en contra del movimiento estudiantil.





