

Regreso a esta columna saludando a quienes siempre han hecho posible la vida: a las mujeres que leen este periódico en sus casas, en sus trabajos, en el transporte; a las madres, obreras, comerciantes, profesionistas, estudiantes y cuidadoras. A todas ustedes, que a pesar del cansancio y la violencia estructural que enfrentan, siguen sosteniendo la comunidad, la familia, el país… y la democracia.
Porque sí: somos las mujeres quienes más votamos, pero seguimos siendo las menos representadas. Esta contradicción no es menor, y habla de un país que todavía le debe demasiado a quienes ponen el cuerpo, el tiempo y el trabajo para que todo funcione.
Un estudio del INE basado en más de 20 mil casillas de la elección de 2024 lo confirma: aunque la lista nominal es casi igual entre hombres y mujeres, somos nosotras quienes “sostenemos” la participación electoral. En 2024, 65.3% de las mujeres votamos, frente al 54.8% de los hombres. La brecha no solo es amplia: está creciendo.
En lugares como Progreso, Yucatán, la participación de mujeres llegó al 85.2%, mientras que, en Tecate, Baja California, la intervención masculina fue de apenas 39.7%. Los hombres jóvenes, específicamente, son quienes menos acuden. Nosotras, incluso cargando con trabajos, cuidados, dobles jornadas, responsabilidades múltiples, somos las que mantenemos viva la democracia mexicana.
El INE es contundente: entre los 25 y los 49 años, la etapa de la vida donde las mujeres trabajan, cuidan, estudian, sostienen hogares y comunidades, su participación es totalmente decisiva. Pero cuando se trata de decidir… nos cierran la puerta.
A pesar de esta fuerza electoral, la realidad es otra en los espacios de poder. El Instituto Mexicano para la Competitividad, reveló que solo el 14% de los puestos en consejos de administración están ocupados por mujeres. Es la cifra más baja de toda América Latina. Con este ritmo, México alcanzará la paridad hasta 2043.
Los datos son claros: 19% de los consejos están formados solo por hombres. Solo 4% son presididos por una mujer. Apenas 5.5% son consejeras independientes. Y únicamente 3% ocupa direcciones generales. La ironía es brutal: somos mayoría votante, pero minoría en la toma de decisiones importantes.
¿Cuestionamos a los gobiernos, o a las mujeres que los encabezan?
En las últimas semanas, las críticas hacia la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo han sido intensas. Y sí, criticar a un gobierno es necesario y saludable para cualquier democracia, pero también es honesto preguntarnos: ¿la criticamos por sus decisiones o por ser mujer?
Porque México ha demostrado una habilidad casi automática para cargar sobre las mujeres problemas que vienen podridos desde hace décadas. Y lo que hemos visto en algunas consignas y ataques recientes contra la presidenta no son análisis políticos: son expresiones machistas, violentas y profundamente inhumanas.
No se trata de justificar errores ni de ignorar los desafíos reales del país. Hay aciertos y desaciertos, como en cualquier administración. Pero resulta imposible no ver que el enojo social, en muchos casos, está cargado de un resentimiento particular hacia ella, por ocupar un lugar históricamente negado a las mujeres. Se le exige más, se le juzga más, se le culpa más. Y eso también refleja el país que somos.
Este año ha estado marcado por crisis, violencia, polarización, decepciones y cansancio. Pero también por una verdad que se repite elección tras elección: las mujeres son hoy la columna vertebral de la democracia mexicana. Participan más, se informan más, sostienen más.
Pero no ven reflejada esa participación ni en los consejos empresariales, ni en los altos cargos, ni en los espacios donde realmente se decide el rumbo del país.
La pregunta que debemos hacernos no es cómoda, pero es necesaria: ¿Estamos listas y listos para aceptar mujeres en el poder?, ¿o solo celebramos su participación cuando les toca votar, pero no cuando les toca decidir?
Y la realidad es esta: México sigue siendo sostenido por mujeres, que aún no pueden sostener el poder en la misma medida. Que esta columna sirva para abrir una puerta que ya no puede seguir cerrada.




