
Por Juan Rubio – Sin corbata.
Desde mi perspectiva agnóstica, respetuosa con todas las creencias, la Navidad en México tiene un lado oculto para muchos. No solo se originó en los pesebres o en la iglesia, sino también en la tierra, el cielo y las festividades que existían aquí, mucho antes de la llegada de los españoles.
Antes de 1521, en el Anáhuac se celebraba el nacimiento de Huitzilopochtli, el “Niño Sol” o colibrí zurdo, durante el solsticio de invierno. En esta época, las noches son más largas y el sol parece detenerse antes de renacer. Los mexicas y otros pueblos nahuas celebraban la veintena de Panquetzaliztli con ritos, carreras, ofrendas y una masa ritual de maíz y miel de maguey que compartían. Había ayunos, música, adornos en los árboles, danzas y alegría por el regreso de la luz. ¿Les resulta familiar? A mí también.

La similitud entre el “Niño Sol” y el “Niño Jesús” en diciembre no es una coincidencia. Los evangelizadores lo sabían y lo aprovecharon. Las posadas, como las conocemos hoy, se formalizaron en Acolman en 1587 por frailes como Diego de Soria, con autorización del Papa.
Fue una estrategia útil: ya existía una fiesta en diciembre, ¿por qué no darle un enfoque cristiano para enseñar la nueva fe? Funcionó porque, en lugar de eliminar las costumbres, les dieron un nuevo significado. Así, la fiesta de Huitzilopochtli se mezcló con la Navidad, y la gente adoptó villancicos, piñatas y posadas católicas, pero sin olvidar sus propias tradiciones.
Esta mezcla no fue fácil ni inofensiva. La evangelización también incluyó presión, amenazas de la Inquisición y violencia. Obligar a asistir a celebraciones en los atrios, fue una forma de control cultural. Existen pruebas de torturas, censuras y castigos para destruir la identidad de los pueblos originarios. No menciono esto para culpar a nadie, sino para recordar que la historia tiene dos lados: la celebración y la imposición. Entender ambos lados nos ayuda a comprender por qué celebramos como lo hacemos.

¿Y las piñatas, la colación y las posadas? Son costumbres que siguen vivas. Romper una piñata y repartir dulces puede interpretarse como un eco de las figuras de tzoalli y las ofrendas de las antiguas veintenas. Regalar comida y compartir la mesa en estas fechas no es un invento español, sino una costumbre compartida, donde las culturas se reconocieron y se mezclaron. Esto no disminuye el papel de la Iglesia ni la creatividad mestiza; al contrario, la mezcla hizo que nuestras tradiciones fueran únicas.
Un hecho curioso ocurrió en 1930, cuando el gobierno mexicano intentó reemplazar a “Santa Claus” con Quetzalcóatl, como símbolo de identidad nacional frente a lo extranjero. Se organizó un evento público donde un Quetzalcóatl simbólico repartió regalos, pero la idea no tuvo éxito.
“Santa Claus” continuó su camino comercial, y después de 1931, la publicidad, con la imagen popularizada por Haddon Sundblom para Coca-Cola, consolidó la figura del hombre gordo vestido de rojo en la cultura global. Esto nos enseña que la identidad puede ser promovida por el gobierno, pero no se impone si no conecta con la vida de la gente.

Como agnóstico, me interesa más la memoria colectiva que la teología. Quiero que sepamos de dónde venimos para entender lo que somos. La historia oficial a menudo presenta la Navidad como una creación exclusivamente europea, olvidando que el calendario solar, los solsticios y los rituales agrícolas han sido importantes para los pueblos durante miles de años. No se trató solo de “adoptar la fiesta”, sino de una adaptación mutua, a veces forzada, a veces creativa. La cultura mestiza nació de este choque y de esta unión.
Ser crítico con la historia no significa negar la fe de nadie. Muchas personas encuentran consuelo y comunidad en la Virgen, en Jesús o en cualquier práctica religiosa. Mi punto es que, al entender la mezcla de culturas, obtenemos una visión más completa.
Podemos celebrar las posadas y al mismo tiempo recordar al hijo del sol que corría por Tacubaya con una figura de amaranto. Podemos poner velas en el Tepeyac y recordar a Tonantzin, sin restarle valor a la devoción actual. Recordar no es deslegitimar, sino enriquecer.

Además, reconocer la parte indígena de nuestras fiestas es un acto de justicia cultural. No se trata de usar mitos para crear postales, sino de dar crédito a quienes practicaron y transmitieron conocimientos durante siglos. También es una forma de resistir el olvido histórico: cuando una cultura dominante reemplaza símbolos, el original a menudo queda relegado al olvido. Recuperarlo es colocar otra pieza del rompecabezas en su lugar.
Entonces, ¿qué podemos hacer con todo esto? Nada radical, solo celebrar con conciencia. Esta noche, enciende una fogata si puedes, u observa el amanecer del 21 o 24 de diciembre y mira salir el sol. Escucha los villancicos de las posadas, rompe la piñata y cocina un tamal, pero recuerda que hay una tradición previa que está presente en el humo del copal y la masa del tzoalli. Hablemos con nuestros abuelos, leamos las historias antiguas y, sobre todo, contemos estas historias a los jóvenes.
La Navidad mexicana, vista de esta manera, deja de ser una simple importación y se convierte en una obra compartida: una mezcla de cosmovisión, estrategia religiosa, imaginación política y, sobre todo, creatividad popular. Es una creación colectiva que sigue viva porque la alimentamos con memoria y cariño. Y si como agnóstico puedo dar un consejo final: celebremos la luz. No importa el nombre de quien nace; lo importante es que, en la noche más larga, seguimos encendiendo fuego y compartiendo el pan. Eso, más que los dogmas, nos hace pueb





