
Sin Corbata
Por: Juan Rubio

La publicación de millones de páginas relacionadas con el caso de “Jeffrey Epstein” no solo sacudió a Estados Unidos o Europa. También dejó una pregunta incómoda para México: ¿qué significa que nombres de políticos, empresarios, intelectuales y figuras influyentes, aparezcan en documentos vinculados a uno de los escándalos más perturbadores de las últimas décadas?
La respuesta fácil sería decir que no significa nada. De hecho, los propios documentos aclaran que aparecer en los archivos no implica haber cometido delito alguno. Pero la respuesta honesta es más compleja. Porque el caso “Epstein” no se trata solo de culpables o inocentes en términos legales; se trata de redes de poder, de silencios, de influencias y de un sistema que permitió que atrocidades ocurrieran durante años sin que nadie las frenara. Y en ese escenario, México no está completamente fuera del mapa.
Entre los nombres que aparecen en los registros y correos vinculados al entorno de “Epstein”, se mencionan figuras como Felipe Calderón, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Ricardo Salinas, Alejandro Junco de la Vega, Enrique Krauze, Andrés Roemer, Luis Rubio, Carlos Slim Helú, Lorenzo H. Zambrano, Dionisio Garza Medina, Carlos Heredia, Jaime Serra Puche, Emilio Azcárraga Jean, María Asunción, Antonio del Valle, Luis Altoguirre, Herminio Blanco Mendoza y Antonio Madero.
Además, en distintos documentos y registros se han mencionado también a Ricardo Salinas Pliego, Carlos Slim Helú, Carlos Salinas de Gortari, Emilio Azcárraga Milmo y Paula Cussi en contextos de redes de contacto, eventos o monitoreo financiero.
Ninguno de estos personajes está acusado formalmente en relación con los delitos sexuales que llevaron a “Epstein” a juicio. Sin embargo, su presencia en ese universo documental nos obliga a reflexionar sobre algo más profundo que la culpabilidad judicial: el funcionamiento de las élites globales.
Porque “Epstein” no operaba como un criminal común. Su poder radicaba en tejer relaciones con quienes tenían dinero, influencia o prestigio. Invitaba a cenas, reuniones, foros, eventos exclusivos. Se movía en espacios donde el acceso era un símbolo de estatus. Y esa cercanía social, aunque no fuera criminal, era precisamente la herramienta que le permitía construir su protección. Aquí es donde la discusión deja de ser legal y se vuelve ética.
México es un país donde los discursos políticos, especialmente desde sectores conservadores, han hablado durante años de valores, familia, moral y orden social. Pero ver que nombres asociados con el poder político y económico, aparecen en registros relacionados con alguien que organizaba redes de explotación sexual de menores, produce un choque inevitable. No porque haya pruebas de su participación en delitos, sino porque revela la cercanía estructural entre las élites globales y espacios donde la impunidad era posible.
Y eso incomoda. Más aún cuando entendemos cómo funcionaba el mundo de “Epstein”. Según testimonios judiciales y reportes documentados, su red incluía reclutamiento de menores vulnerables, manipulación psicológica, pagos para guardar silencio y posibles grabaciones para chantaje. Sus propiedades, en Nueva York, Florida, Londres o su isla en el Caribe, eran escenarios donde hombres poderosos podían actuar sin temor a consecuencias.
El horror no está en la duda; está en lo que sí está probado: que esa red existió y que operó durante años. Esto lleva a una pregunta inevitable: si alguien era invitado a ese círculo, ¿sabía lo que ocurría? No siempre. Pero tampoco podemos ignorar que la cultura del privilegio suele normalizar comportamientos cuestionables.
En espacios donde nadie cuestiona al anfitrión, donde el dinero compra silencio y donde la reputación pesa más que la ética, la indiferencia puede convertirse en complicidad moral. El problema no es solo quién fue culpable. El problema es el ecosistema.
En redes sociales han circulado teorías sobre supuestos “códigos secretos” en correos, palabras como “pizza”, “hot dog” o “cheese”, interpretadas por usuarios como claves para encubrir delitos. No hay confirmación oficial de que esos códigos tuvieran ese significado, pero su difusión refleja algo importante: la desconfianza pública hacia las élites y hacia la transparencia institucional. Cuando la ciudadanía sospecha que el poder se protege a sí mismo, cualquier grieta se convierte en prueba simbólica de corrupción.
Y en México, esa desconfianza tiene raíces profundas. Vivimos en un país donde la distancia entre gobernantes y gobernados ha sido histórica. Donde los escándalos rara vez terminan en castigos ejemplares. Donde la percepción generalizada es que el poder protege al poder. Por eso, aunque no haya evidencia contra los mexicanos mencionados, su sola aparición en documentos relacionados con “Epstein” alimenta la sensación de que el mundo de las élites opera bajo reglas distintas.
No se trata de condenar sin pruebas. Eso sería irresponsable. Se trata de exigir transparencia y rendición de cuentas. Porque si algo enseñó este caso, es que la impunidad prospera en la oscuridad. “Epstein” no fue detenido durante décadas porque su red incluía personas influyentes, abogados poderosos y acuerdos judiciales indulgentes. Fue un sistema que falló —o que decidió mirar hacia otro lado—.
Y esa lección debe importarnos en México. Más allá de nombres específicos, lo que está en juego es la confianza pública. La ciudadanía tiene derecho a saber cómo se relacionan sus figuras influyentes con redes internacionales de poder. Tiene derecho a cuestionar, investigar y debatir. Y tiene derecho a no aceptar explicaciones simplistas, cuando se trata de asuntos que involucran explotación humana.
El caso “Epstein” no solo expuso a individuos. Expuso la fragilidad moral de una estructura global, donde la riqueza y la influencia pueden abrir puertas que nunca deberían abrirse. Tal vez ninguno de los mexicanos mencionados participó en las atrocidades que ocurrieron en la isla, o en las mansiones del financista.
Tal vez su relación fue superficial, social o intelectual. Eso es completamente posible. Pero también es cierto que el mundo que permitió a “Epstein” prosperar, fue el mismo mundo en el que las élites, de muchos países, incluido México, convivían, se conectaban y compartían espacios. Y ahí está el punto incómodo.
Este caso no debería convertirse en una “cacería de brujas” ni en un espectáculo partidista. Debería ser una oportunidad para reflexionar sobre cómo el poder, el dinero y la influencia, pueden crear burbujas donde la ética se diluye. Sobre cómo la cercanía con ciertos círculos, puede ser más que una simple coincidencia social. Porque al final, el verdadero escándalo no es solo quién aparece en una lista. El verdadero escándalo es que un sistema permitió durante años que lo impensable ocurriera… y que apenas ahora estamos empezando a mirar sus sombras. Y esa conversación, incómoda, necesaria, también nos pertenece como sociedad mexicana.





