
Hoy analizamos una realidad que a veces se aborda por separado, pero que en lo real forma parte de la misma crisis: el crecimiento de la participación de mujeres en la estructura del crimen organizado, nos lleva al aumento de la violencia contra niñas y adolescentes, y el desplazamiento forzado que golpea con especial dureza a las mujeres migrantes, sobre todo en comunidades indígenas.
Distintas investigaciones e investigadoras, han advertido que muchas mujeres no llegan a estas redes criminales solo por decisión individual, familiar, cohesión, relaciones afectivas marcadas por abuso, o por la búsqueda desesperada de protección y reconocimiento en entornos rotos.
También revisamos datos que muestran la profundidad de estas crisis; REDIM (Red por los Derechos de la Infancia en México), reportó que las niñas adolescentes representan 92.8% de las víctimas de violencia sexual de entre 1 y 17 años, atendidas en hospitales; son el 66.6% de las personas menores de edad registradas como desaparecidas, y son del 73.4% de las víctimas de trata entre niñas, niños y adolescentes.
Estas cifras obligan a mirar la violencia no como hechos aislados, sino como un sistema que va empujando a muchas menores y mujeres hacia el circuito de captación, explotación, criminalización y desaparición en las fronteras del sur de México y la frontera norte de Estados Unidos.

Además, hablamos como el sistema penal también refleja este fenómeno; el INEGI reportó 13 mil 985 mujeres privadas de la libertad en el 2024, y 16 mil 800 en el 2025, una cifra muy superior a la observada décadas atrás, mientras que la UNODC (Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito), es un líder global en la lucha contra las drogas ilícitas y el delito internacional. Sigue señalando que, aunque la economía criminal continúa dominada por hombres, la participación femenina se ha diversificado a las mujeres que ocupan cada vez más funciones dentro de las redes delictivas.
Desde mi experiencia como migrante, reflexiono sobre algo de fondo: cuando un país normaliza la violencia en niñas y mujeres, también normaliza el miedo, el desplazamiento y la excursión, y ahí la migración aparece no solo como búsqueda de trabajo, sino como escape, sobrevivencia y, muchas veces, como la continuación de una violencia que empezó mucho antes de cruzar la frontera.
En todas las regiones de México, Centro y Sudamérica existen niños, niñas y adolescentes, que se deciden dejar su patria y su país e ir en busca de sus padres hacia los Estados Unidos, y que al llegar a la frontera los coyotes y tratantes los dejan varados en las ciudades fronterizas, y los utilizan para enfrentar una vida sexual.





