La utopía como resistencia, a tres años de la Nueva Escuela Mexicana: Revolución silenciosa

Mirar el aula, la familia, la comunidad y el país, a tres años de iniciada la Nueva Escuela Mexicana, implica necesariamente situarse en un horizonte del pensamiento. No se trata de cuantificar la entrega de formatos o de evaluar el cumplimiento de una agenda administrativa. Es, en el fondo, un acto de memoria pedagógica y una disputa por el sentido de la educación en nuestro país.

Para entender la magnitud de este momento, es obligatorio contrastar el presente con el andamiaje de las políticas neoliberales que colonizaron nuestras aulas durante décadas, teniendo como máxima expresión la reforma educativa de 2013. Aquella mirada tecnocrática, disfrazada de modernidad, convirtió el acto educativo en un proceso gerencial obsesionado con la eficiencia laboral, la estandarización y la competitividad.

El aula neoliberal funcionaba bajo la lógica del mercado, concibiendo al alumno como un individuo aislado, un cliente que debía acumular competencias descontextualizadas para sobrevivir en un sistema que, desde su origen, lo excluía. La calidad educativa era medida a través de pruebas estandarizadas nacionales e internacionales (PISA o PLANEA) que ignoraban deliberadamente la profunda desigualdad material y la diversidad cultural de los territorios.

En ese viejo paradigma, la escuela era una herramienta de domesticación social que preparaba para el empleo, despojando a los sujetos de su historicidad y de su capacidad de transformación colectiva. Hoy, el balance nos exige transitar de esa calidad estandarizada a una excelencia contextual, donde la efectividad de una escuela no se dictamina desde un escritorio, sino desde su capacidad para responder a las realidades del territorio que la sostiene.

La Nueva Escuela Mexicana se levanta no como una simple reforma administrativa, sino como un proyecto decolonial que desplaza el eje de gravedad del individuo a la comunidad, de la estandarización a la justicia social y de la sumisión técnica a la autonomía profesional. El balance de hoy nos obliga a reconocer la mutación histórica del magisterio: transitar del «docente técnico», que busca y sigue recetas, al «docente creador y transformador», un intelectual de la pedagogía que codiseña el currículo a partir de las necesidades vivas de su entorno.

Sin embargo, evaluar estos tres años exige una honestidad brutal. Para que este proceso no se disuelva en la retórica, es indispensable activar el concepto de utopía, la cual no es la persecución de una ilusión inalcanzable, sino la tensión esencial que permite al ser humano distanciarse de sus circunstancias para no sentirse atrapado por ellas.

La utopía es la herramienta decolonial por excelencia, la que nos dota de la fuerza para mirar el presente y declarar con dignidad: no tengo ni tenemos por qué estar condenados a la marginación, a la exclusión o a repetir los ciclos coloniales que el neoliberalismo decretó como nuestro destino. Es el rechazo absoluto a la condena histórica.

Y es precisamente en los márgenes de esa tensión liberadora donde resuena con potencia la figura poética de Eduardo Galeano cuando nos invita a cometer el desacato de mirar más allá de la infamia, cuestionando qué tal si nos atrevemos a delirar por un ratito. Este delirio, lejos de ser una evasión de la realidad, es el diseño concreto de la alternativa; es pintar con precisión el mundo que estamos construyendo con nuestras manos si la Nueva Escuela Mexicana se materializa de manera adecuada en cada rincón de la patria.

Si nos permitimos ese delirio necesario, veríamos un aula viva, desbordada de luz y de preguntas, donde las bancas ya no están alineadas para el adoctrinamiento del silencio, sino dispuestas para el diálogo horizontal. En este espacio, el error no se castiga, sino que se celebra como el primer destello del descubrimiento; las lenguas originarias resuenan con el mismo orgullo y valor epistemológico que la ciencia occidental.

En este espacio, las asignaturas ya no están fragmentadas en cajones cerrados, sino que los campos formativos y los ejes articuladores permiten entender el mundo como un todo complejo; el pensamiento crítico no es una lección que se memoriza, sino una práctica diaria donde las y los aprendientes vinculan las matemáticas, la historia y la ciencia con los problemas reales de su existencia.

Al cruzar la puerta del salón, veríamos una comunidad-territorio integrada plenamente a la vida escolar. La escuela ya no es una isla amurallada, sino el corazón de la colonia, del barrio o del pueblo; un territorio donde los saberes comunitarios y las lenguas originarias dialogan de tú a tú con el conocimiento universal, y donde los problemas del entorno entran al aula para transformarse en proyectos de solución colectiva.

En el centro de este delirio veríamos emerger a un sujeto nuevo. Ya no al individuo egoísta y competitivo, temeroso del éxito ajeno y obsesionado con la acumulación personal, sino a un ser profundamente humano, solidario, consciente de su historia y de su dignidad. Un sujeto decolonial que se reconoce en el rostro del otro, que entiende que su bienestar está ligado indisolublemente al bienestar de su comunidad y que ejerce una ciudadanía activa, crítica y comprometida con la justicia social.

Finalmente, al alzar la vista, contemplaríamos un país transformado desde sus bases pedagógicas. Una nación que ya no se arrodilla ante los Estados Unidos ni ante los dictados de los organismos financieros internacionales, ni se avergüenza de sus raíces, sino que se asume soberana, intercultural y justa. Un país donde la educación pública ha dejado de ser el mecanismo sutil de reproducción de las desigualdades para convertirse, por fin, en el gran motor de la emancipación colectiva.

A tres años del camino iniciado, el balance nos demuestra que la Nueva Escuela Mexicana camina entre las resistencias del viejo régimen y los destellos de lo nuevo; el desafío sigue siendo mantener vivo el delirio para que la utopía deje de ser un horizonte lejano y se convierta en nuestra realidad cotidiana.

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Karen Rojas
Karen Rojas

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