
A nivel nacional, Morena navega como un barco sin timón, piloto ni destino. Está a expensas de un mar borrascoso. La tormenta no cesa con vientos del norte. Un bucanero agresivo y poderoso acosa a la nave todo el tiempo. En su mástil ondea la bandera con las barras y estrellas. Pero sobre esta se agita otra con una calavera con barruntos de tormenta.
El temible corsario de allende el Bravo torpedea todo el tiempo. Con frecuencia blofea, pero su locura puede pasar del verbo a la acción. Sufre una patología obstinada por el poder, la reelección. Y con eso en la mira es capaz de todo. Así lo hemos visto en cualquier punto de la geografía mundial. La nave mexicana da tumbos. La presidenta en el timón procede con titubeos y desatinos, cuando se requiere firmeza, energía y puños de acero en el mando.
Tiene un sustento favorable alto. La aprueba el 67 por ciento de la nación. Pero la popularidad es un globo que eleva, infla egos; más eso es sólo una parte del poder. Cierto, está muy por encima de Trump, quien tiene apenas un 33 por ciento.
Pero los arrecifes que golpean peligrosamente la nave mexicana no solo crecen, sino que se multiplican. Para el 62 por ciento de los mexicanos la corrupción está vigente, el 69 por ciento ve al crimen organizado intocable, y se siente inseguro el 61 por ciento de la población.
A eso se agregan cada día documentados casos de vínculos entre criminales con el poder, operativos de ataque a las bandas y refinerías clandestinas, sin la captura de uno sólo de los delincuentes; bloqueos gigantescos en Michoacán cuando apenas hubo maniobras militares que, se dijo, serían la fórmula para erradicar ese tipo de guerrilla vial.
El estado de Morelos, visto por los medios, es un paraíso imparable de convivencia festiva y exitosa entre mafiosos y funcionarios. En Quintana Roo, el morenista que busca la gubernatura tiene en su estado mayor a miembros de “mafia rumana”.

Un manto poderoso protege al ex secretario de Marina, José Rafael Ojeda Durán, mientras su sobrino, cabeza de una extensa mafia de “huachicol fiscal”, retorna de Argentina y pasa a la cárcel. Peces chicos se cuelan, pero un embudo deja a salvo a tiburones y cachalotes.
El escándalo de la famosa visa cancelada por Estados Unidos a un hijo del ex presidente es un tema cómico, absurdo y estúpido. Con estas características, es inexplicable. De barbaridad llega a perfiles de burrada. ¿Cómo la figura presidencial se mete, litiga y ocupa de este asunto durante casi dos semanas? Hay en la agenda al menos diez temas importantes y trascendentes que se dejan de lado.
El asunto, con perfiles de chisme, capricho, incluso ignorancia jurídica y falso escudo de soberanía, es de pésimo manejo desde Palacio Nacional. Sencillo: un país, según su ley, otorga y retira tal documento a quien así le parece. México así lo ha hecho y lo puede hacer contra cualquiera, y no por ello ataca la soberanía de otra nación.
Simplemente ejecuta su derecho para admitir, negar o expulsar a cualquier ciudadano que así lo estime, por razones únicamente del interés y conveniencia de esa libérrima nación. Es francamente de risa meter la mano presidencial por una persona que redacta una carta a partir de la furia y la sinrazón, la ingenuidad y la ignorancia, y con lenguaje torpe por añadidura.
Pero el acabose es el retorno al poder del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, luego de 112 días de licencia y cuando le falta un par de meses para dejar el cargo. Dentro y fuera de esa entidad, el gobernante reelegido ha estado rodeado de múltiples señalamientos. Desde ligas con los narcos, incluso por confesión propia, hasta negocios de él y sus vástagos, derroches y fortuna a la sombra del poder.
Impresentable por todos lados. Requerido por los Estados Unidos. Indispensable para el país no es. Modelo impoluto de gobernante tampoco. Y, sin embargo, vuelve a la cumbre de un estado sumido en el caos y desgobierno. Sólo faltó que le ofrecieran “disculpas” desde Palacio y le otorgaran el Águila Azteca.
Con este oleaje altamente peligroso y multitud de muestras de impericia y tozudez desde el timón, con la brújula del sentido común abandonada o arrojada al mar, es terrible la tormenta para la nación y la nave en la que vamos todos.
PD. Regresó Rocha y se vuelve a ir. Misma historia, nave al garete.
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