

Durante años pensamos que había derechos imposibles de perder. Que una vez conquistados, nadie volvería a cuestionarlos. Nos equivocamos.
Hace apenas unas semanas, en la “Women’s Leadership Summit 2026”, organizada por “Turning Point USA” en San Antonio, Texas, un grupo de mujeres conservadoras defendió públicamente una idea que parecía impensable en una democracia del siglo XXI: eliminar el voto individual de las mujeres y sustituirlo por el llamado “voto por hogar”, donde el esposo representaría políticamente a toda la familia.
La cumbre fue encabezada por Erika Kirk, directora ejecutiva de “Turning Point USA Faith”, el brazo religioso de “Turning Point USA”, una de las organizaciones conservadoras más influyentes de Estados Unidos, y estrechamente vinculada al movimiento político que respalda al presidente Donald Trump.
Desde hace años, esta organización impulsa una agenda basada en el fortalecimiento de los llamados “valores tradicionales”, el rechazo al aborto, la oposición a políticas de diversidad e inclusión, y una visión donde los roles de género vuelven a colocarse bajo esquemas profundamente conservadores.
Es importante decirlo con claridad: hoy no existe una iniciativa legislativa para eliminar el voto femenino en Estados Unidos. La Decimonovena Enmienda de la Constitución, sigue protegiendo ese derecho. Pero el verdadero problema no está, todavía, en las leyes. Está en el discurso. Porque cuando una sociedad comienza a debatir si las mujeres deberían conservar un derecho conquistado hace más de un siglo, el retroceso ya empezó.
Algunas participantes de la cumbre aseguraron que las mujeres no necesitan votar, porque el matrimonio convierte al hombre y a la mujer en “una sola unidad política”. Otras afirmaron que las mujeres solteras podrían ser representadas por su padre o algún familiar masculino. Hubo incluso quienes aseguraron que entregarían voluntariamente su voto, si eso significaba consolidar un gobierno más conservador.
Eso ya ocurrió. Y minimizarlo sería un error histórico. Hace apenas unos años también parecía imposible que millones de mujeres estadounidenses perdieran la protección federal al derecho al aborto. Hasta que la Suprema Corte revocó “Roe vs. Wade”. Lo que durante décadas fue considerado un derecho adquirido, desapareció en cuestión de horas.
La historia demuestra que ningún derecho desaparece de golpe. Primero alguien dice que debería revisarse. Después aparecen quienes aseguran que nunca debió existir. Más tarde se convierte en tema de debate. Y finalmente llega el momento en que alguien intenta convertir esa idea en ley.
Quizá quien lea estas líneas piense que Estados Unidos está demasiado lejos para preocuparnos. No lo está. Es nuestro principal socio comercial, nuestro vecino, y el país donde viven millones de personas de origen mexicano.
Según datos del gobierno de Estados Unidos, alrededor de 11 millones de personas nacidas en México residen en ese país, además de millones de mujeres latinas que hoy son ciudadanas estadounidenses, que participan políticamente y forman parte de la vida democrática de esa nación.
Las ideas cruzan fronteras mucho más rápido que las personas. Por eso tampoco sería descabellado imaginar que grupos ultraconservadores intenten impulsar discursos similares en otros países, incluido México.
Ya hemos visto cómo los movimientos antiderechos operan internacionalmente, comparten estrategias, financiamiento y narrativas. Lo que hoy ocurre en Texas, mañana puede discutirse en cualquier Congreso de América Latina.
Porque las democracias no suelen morir con un golpe de Estado. Mueren cuando la sociedad comienza a normalizar que los derechos pueden ponerse a votación. Mueren cuando el silencio pesa más que la indignación. Mueren cuando dejamos de reaccionar, porque creemos que “eso aquí nunca pasará”.
Las mujeres no recibimos nuestros derechos como un regalo. Cada uno costó décadas de lucha, cárcel, persecución, violencia, desprestigio e incluso la vida de miles de mujeres, que decidieron desafiar un sistema construido para excluirlas.
Olvidarlo sería una traición a esa historia. Y permitir que vuelva a repetirse sería todavía peor. Porque ningún derecho está garantizado para siempre.





