Diana, las “manos” del Popocatépetl

Juan Rubio – Diego Salgado
Nealtican, Pue.

A media hora del municipio de Nealtican, bajo la imponente sombra del Popocatépetl, la piedra dormida guarda rutinas, historias y trabajo. Diana Carrete Aguilar, artesana de la región, la despierta con cincel y paciencia: convierte la roca volcánica en molcajetes, metates, piezas decorativas y losas que sostienen iglesias y hogares.

Su taller —una sala de trabajo donde el ruido de las herramientas se mezcla con conversaciones y risas— no solo produce objetos; sostiene a familias de localidades vecinas, que suben a las faldas del volcán para extraer la materia prima y traérsela al pueblo. Esta es la semblanza de una artesana que, con “manos” templadas por esfuerzo, reivindica el oficio y reclama apoyos concretos para las nuevas generaciones.

Cuando le pregunto cómo presentarse ante la gente que la verá, la mujer responde con la sencillez que distingue a quienes hacen del trabajo la mejor carta de presentación: “Me llamo Diana Carrete Aguilar, y soy artesana de Nealtican”.

No tardó en señalar dónde encontrarla: su taller está en la calle 5 Oriente —“sin número, rumbo a Tecuanipa” dijo— y ofrece un número de WhatsApp (221 116 14 04), para quienes quieran encargos o visitar el lugar. Esa mezcla de cercanía y oficio define su manera de entender la artesanía: es producción, sí, pero sobre todo vínculo.

La materia prima —la piedra volcánica— llega desde las cordilleras cercanas a las faldas del Popocatépetl: “Viene del Popo… está como a media hora de aquí dentro del pueblo”, explicó. La roca no es sólo resistente y bonita; es útil en muchos planos: “La usamos para la construcción, para la artesanía, y se hacen cosas artesanales, como los ángeles”, que se exhiben en su taller.

Diana enumeró los usos de  la roca, que van desde el molcajete para la cocina hasta la laja para pisos e iglesias, pasando por elementos decorativos para la casa. En cada pieza, afirmó: “se les da un valor agregado a las piedras”; la mano de quien trabaja, transforma un bloque duro en objetos de uso y de estima.

El proceso productivo mezcla fuerza, precisión y técnica. Diana lo desglosa paso a paso: primero está la extracción —a veces realizada por otros, a veces por los propios artesanos—, luego la compra del bloque y el traslado al taller. “Llevamos unos moldes, hacemos este tipo de corazón; ahí lo dibujamos, se abre con las máquinas y al final ya con los cinceles…”, manifestó.

En su relato aparecen la fragua, los cinceles, el laminado y el pulido: herramientas y gestos que definen una cadena artesanal compleja. En algunos casos se emplean máquinas para abrir y facilitar ciertas tareas; en otras, el golpe certero del cincel lo decide todo.

El tiempo de trabajo varía con la pericia: “Si eres principiante ocho horas… cuando ya sabes, a lo mejor unas cuatro horas”, refirió Diana. Una mala raja, un golpe mal dado, puede fracturar la pieza y echar a perder horas de trabajo y la inversión en la piedra. Esa fragilidad paradoxal —una materia dura que se quiebra por un error— convierte el aprendizaje en ensayo constante: “práctica y error”, resumió, con la honestidad de quien ha aprendido a la fuerza y al cariño.

Históricamente el oficio fue visto como “trabajo de hombres”, por el peso físico que exige: carga de piedra, modelado inicial y corte. Sin embargo, Diana es ejemplo de la presencia femenina que rompe estereotipos. Ella narra cómo los hombres ayudan con la parte más pesada, y las mujeres asumen procesos finos y detallados.

“Nosotros ayudamos a hacer esta parte, no algo que no sea muy pesado… pero sí cuesta”. Para Diana, el orgullo es doble: por sostener una tradición y por abrir espacios para mujeres en un oficio rudo. “Me siento orgullosa de seguir aprendiendo… ahora, las mujeres hemos incursionado en varias cosas”, subrayó.

En su taller conviven piezas pequeñas y encargos monumentales. Los precios fluctúan según el tamaño y detalle: “Tenemos precios desde 20 o 50 pesos… todo va dependiendo del tamaño y la calidad del trabajo”. Para piezas grandes, incluso de varios metros, el presupuesto se ajusta a lo solicitado: medidas, dibujo o fotografía, y una conversación previa que determine el alcance.

Diana expuso que, para obras de gran formato, se requiere coordinación y presupuesto seriamente pactado: “Si quieres algo de tres metros… depende de lo que quieras invertir”.

Detrás de cada pieza hay una cadena económica que beneficia a los municipios vecinos: quienes extraen la piedra obtienen ingreso; los talladores ganan por su trabajo; los jóvenes aprenden oficios que, de otro modo, les serían inaccesibles.

La artesana lo sabe, y por eso su reclamo público es directo: “Que lleguen los apoyos a los artesanos… yo oigo de muchos apoyos, pero la verdad no los veo”. Su queja no es un lamento abstracto: pide mecanismos claros —maquinaria, herramientas, talleres de formación— que permitan a nuevos artesanos arrancar su negocio sin la incertidumbre del capital inicial.

A la pregunta de ¿qué necesitan los jóvenes para empezar?, su respuesta es práctica: facilidades para acceder a herramientas, maquinaria y capacitación. Propone que, en lugar de gastar en papel y adorno para ferias, se destinen recursos a insumos concretos: “¿Por qué no se lo dan al artesano, las máquinas, lo que necesitan los nuevos jóvenes para empezar en esto?” Es una propuesta de corto alcance y alto impacto: menos exhibición y más inversión productiva local.

Diana también compartió reflexiones sobre el oficio y la geometría implícita en la talla: “Esto parece que sí tiene matemáticas… aquí va una patita, que aquí va a la otra, no? Es un círculo y luego tiene que ser un octágono, para dividir donde van a ir las patitas”. La artesanía no es solo destreza manual: es cálculo, proporción y cuidado del detalle. De ahí la importancia del aprendizaje guiado y del paso de saberes entre generaciones.

Su mensaje a las mujeres que dudan en incursionar, es una invitación a la valentía práctica: “Hay que animar a las nuevas generaciones… Yo siempre soy de las personas que pienso que hay que aventarnos a hacer algo nuevo”. Reconoce la dureza del trabajo, pero también la posibilidad de encontrar espacios donde aportar, sin dejar de cuidar el hogar o conciliar otros roles. Su trayectoria prueba que, con apoyo en herramientas y acceso a mercados, más féminas pueden ocupar talleres y probablemente diversificar la oferta artesanal local.

Al final de la charla, Diana vuelve a insistir en lo mismo que abrió la entrevista: la artesanía como tejido social y económico. Sus manos transforman la piedra volcánica, pero su voz pide que esa transformación tenga respaldo institucional y comunitario. “Aquí somos tierra de muchos artesanos… no soy la única”, expresó; detrás de sus palabras hay cientos de piezas, cargas y rutas que suben y bajan las laderas del volcán cada semana.

Apoyar a Diana y a sus colegas no es solo fomentar un oficio entrañable; es proteger un modo de vida que da sustento a familias de municipios aledaños, y que mantiene viva la memoria material de la región. Para encargos o visitas, el taller de Diana acepta pedidos y recibe a quienes se interesen en su trabajo. La dirección del local y su número de WhatsApp, permiten contacto directo para presupuestos y encargos personalizados. Si hay algo claro tras escucharla, es que la piedra volcánica no sólo decora mesas o cubre pisos: da trabajo, crea redes y sostiene historias. Su dureza, es la misma que la de quienes la trabajan; su valor, el de una comunidad que resiste y se reinventa.

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Daniel Aguilar
Daniel Aguilar

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