
**Es considerada una de las festividades más grandes de la Mixteca**
Texto: Michelle López / Fotografía: Juan Rubio
Tehuitzingo, Pue.
En la Mixteca poblana, la fe no se explicó: se caminó. Así se vivió la reciente fiesta en honor al Señor de Tejalpa, donde más de 150 mil personas llegaron hasta la comunidad de Santa Cruz Tejalpa, en el municipio de Tehuitzingo, para ser parte de una de las celebraciones religiosas más grandes de la región.
Carreteras repletas, peregrinos avanzando en bicicleta, familias enteras caminando bajo el sol y la luna. La escena fue tan vasta como conmovedora: un mismo destino, una misma intención. Desde distintos puntos de México como Oaxaca, Guerrero, Veracruz, Hidalgo y el Estado de México, e incluso desde Centroamérica y Estados Unidos, los fieles arribaron impulsados por la devoción.
Antonio Lucero Mejía, presidente católico del Santuario, explicó que la celebración del quinto viernes de Cuaresma fue completamente religiosa: “Aquí no hubo bailes ni jaripeos, es una fiesta de fe, de encuentro espiritual”.


Tradición viva: 376 años que siguen latiendo
La historia se remonta al año 1650, cuando la imagen comenzó a venerarse en la comunidad. Con el paso del tiempo, lo que inició como un culto local creció, hasta convertirse en un fenómeno multitudinario.
En este 2026, más de 450 hermandades peregrinaron. Cada grupo llevó consigo estandartes, cantos y promesas. No fue solo una visita: fue un acto colectivo de identidad, donde generaciones enteras mantienen viva una tradición que se negó a desaparecer.


Voces de la fe: historias que dejaron huella
Entre la multitud, las historias personales dieron sentido a la magnitud del evento. Un feligrés originario de San Pablo Anicano, vivió su primera visita y confesó que se fue profundamente impactado: la belleza del santuario y la calidez de las personas lo sorprendieron. “No imaginaba algo así, se siente una paz distinta”, expresó conmovido.
Antonio Hernández, proveniente de San Francisco Papalotla, Tlaxcala, relató que asiste al santuario desde hace más de 50 años. La tradición comenzó con sus padres y se convirtió en una herencia familiar: “Cuando uno viene con fe y voluntad, nada es difícil”, afirmó, recordando los largos trayectos que realizó desde su infancia.
Desde más lejos, Fabiola y Mari Delgado, originarias de Ciudad Victoria, Tampico, pero residentes en Houston, Texas, llegaron por recomendación de conocidos. Lo que encontraron superó cualquier expectativa: “Fue algo maravilloso, nunca habíamos visto algo similar”, compartieron emocionadas.
Jair Portugal, de San Francisco Ocotlán, también acudió por primera vez, y se llevó más que una experiencia: “Me fui con una alegría enorme, es algo que no se puede explicar”.


Economía, comunidad y encuentro
Aunque la esencia fue religiosa, la feria también se convirtió en un punto de encuentro social y económico. Comerciantes ofrecieron artesanías, comida típica y artículos religiosos, creando un ambiente vibrante, sin perder el respeto por la solemnidad de la celebración.
Oswaldo Méndez Estrada, vendedor de San Juan Coatzingo, Tlaxcala, comentó que llevaba alrededor de una década participando en la festividad. Para él, más que un espacio para comercializar, fue una oportunidad de ser parte de una tradición que creció año con año.
A unos metros del sagrado recinto, el río se llenó de visitantes, quienes aprovecharon para refrescarse. Familias completas convivieron, descansaron y compartieron alimentos, generando una atmósfera que combinó lo espiritual con lo comunitario.


Procesión nocturna: donde la fe se vuelve resistencia
Uno de los momentos más impactantes se vivió durante la procesión nocturna. Bajo la luz tenue y el silencio profundo, cientos de peregrinos avanzaron con solemnidad, algunos incluso caminando de espaldas, como acto de devoción hacia el Señor de Tejalpa.
Cada paso fue una muestra de entrega. No hubo prisa, solo fe. La noche transformó el espacio en algo íntimo y poderoso, donde el cansancio físico quedó en segundo plano, frente a la convicción espiritual.





