

La fiesta religiosa más grande de México es la de la Virgen de Guadalupe; miles de peregrinos viajan de todo el país hacia la Basílica del Tepeyac, en la Ciudad de México. Por las carreteras de acceso a la capital del país se ven los contingentes, a pie, en bicicleta o en otros transportes, con una o varias imágenes de la Guadalupana, en peregrinaciones no vistas en nación alguna de América.
Esta fiesta, que lo mismo se celebra en los templos que en las fábricas, en las vecindades, en las colonias, muestra la importancia que para el pueblo católico e incluso de otras religiones tiene esta imagen, que se ha convertido a lo largo de casi cinco siglos, en un símbolo de identidad nacional.
De acuerdo con el “Nican Mopohua”, texto de sus apariciones publicado un siglo después del hecho guadalupano, la devoción a la Virgen de Guadalupe fue creciendo a lo largo del siglo XVI, hasta convertirse en el símbolo religioso de unidad de la población novohispana, tanto indígena como mestiza y criolla.
Así se entiende que, al inicio de la guerra de Independencia, Miguel Hidalgo tomara esta imagen como primera bandera de los insurgentes. Esa imagen representaba al México que deseaba desligarse del imperio español, que anhelaba dejar de ser la Nueva España, para asumir su nombre original: México.
Liberales y conservadores, más allá de sus diferencias políticas e ideológicas, reconocieron a la Guadalupana como un símbolo de identidad de la nueva nación. El mismo Maximiliano de Habsburgo buscó legitimar su gobierno, utilizando la imagen de la Virgen de Guadalupe.
En las sucesivas guerras intestinas que sufrió el país en el siglo XIX, las tropas de ambos bandos buscaban como protección portar una imagen de la Señora del Tepeyac. En la Revolución, las tropas zapatistas la portaban como protección, y el grito de los cristeros fue: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!
El guadalupanismo, es parte sustantiva de la identidad nacional, y está profundamente enraizado en la religiosidad popular de los católicos mexicanos.
Un símbolo manipulado
La devoción guadalupana es un valor nacional innegable; sin embargo, está expuesta a ser utilizada como un recurso manipulador o reducido únicamente a acciones piadosas, que ocultan el rico significado de la historia narrada en el “Nican Mopohua”. No sólo Maximiliano de Habsburgo la utilizó para legitimar su gobierno sustentado en las armas del ejército francés; los gobernantes de la etapa neoliberal también lo hicieron.
Vicente Fox, antes de rendir protesta como presidente de México, acudió a la Basílica de Guadalupe a “consagrar” su gobierno a la Guadalupana; más tarde recibió al papa Juan Pablo II no como jefe de Estado, sino como feligrés, al inclinarse a besarle el Anillo Papal. Durante esa visita, acudió a la misa celebrada por el Pontífice en la Basílica de Guadalupe, y lo mismo hizo Felipe Calderón.
Pero, Enrique Peña Nieto fue más allá: en enero de 2016 acudió a la Celebración Eucarística del papa Benedicto XVI junto con su esposa Angélica Rivera, y se acercó a recibir la comunión.
Ninguno de ellos tomó en cuenta, en su momento, que eran los jefes de un Estado laico, que deberían mostrar esa laicidad no usando su investidura para manifestar una religiosidad, o que no practicaban, o debería reducirse al ámbito estrictamente personal.
En todos estos casos, las acciones de estos gobernantes tenían una sola y perversa intención: utilizar a la Virgen de Guadalupe como un recurso de legitimación.
Signo de contradicción
Pero vayamos al relato de las apariciones, al “Nican Mopohua”, un texto que encierra una riqueza teológica poco valorada por obispos y sacerdotes. Los protagonistas del relato son la Virgen, Juan Diego y el obispo Juan de Zumárraga; los demás personajes son el tío Juan Bernardino y el personal de servicio del obispado.
El mensaje central es muy claro: la Virgen elige a un macehual, un miembro de la clase inferior entre los aztecas y más inferior entre los conquistadores, un don nadie, diríamos hoy, un campesino pobre, un peón, para que lleve un mensaje al obispo Juan de Zumárraga, un español que está en la cúspide del poder, a la par del poder virreinal. ¿Puede haber mayor contradicción que elegir a un miembro pobre del pueblo derrotado para llevar el mensaje al obispo?
El mismo Juan Diego lo reconoce: “ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que, a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje para que le crean”. Sin embargo, él, el marginado, el despreciado, fue el elegido.
La respuesta de la Virgen es muy clara: “”Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes, y que con tu mediación se cumpla mi voluntad”.
En el relato encontramos la base misma del mensaje de los Evangelios, principalmente del Evangelio de Lucas: la salvación, la liberación viene a través de los pobres, de los despreciados, ellos son los mensajeros de las buenas noticias y, como tales, son despreciados por quienes están cerca del poder y, sin embargo, son los elegidos.
Tuvo que llegar un jesuita, el Papa Francisco, para que la Iglesia recordara lo que se expresó con claridad en el Concilio Vaticano II, y en las conferencias de obispos latinoamericanos de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007): la opción preferencial por los pobres. Así pues, la Virgen de Guadalupe es un símbolo innegable de la mexicanidad; pero al mismo tiempo es un signo de contradicción; para algunos, los políticos, es un recurso de legitimación o un elemento publicitario; para otros, es sólo la expresión de la religiosidad popular sustentada en acciones y ritos vacíos de significado; para el relato del “Nican Mopohua”, es la opción preferencial por los pobres como mensajeros de la salvación.





