

Pepe Mújica decía que “la vida no es solo trabajar, es tener tiempo para vivirla, tener tiempo para las cosas cotidianas”. Coincido plenamente con él y me ha inspirado a escribir unas líneas que, ojalá provoquen la búsqueda de mayor sentido y significado en las cosas cotidianas de la vida.
En el trascurso del año, a veces medito que la vida es cíclica; apenas pasaron los días de muertos, los festejos a la Virgen de Guadalupe, y ya viene la navidad y el año nuevo, y otra vuelta al sol, empezando el año con los Santos Reyes…
Estas fiestas que están llenas de significado, de pronto pueden caer en la rutina y vaciarse de sentido, sino hay un alto en el tren de vida, y tomamos consciencia de lo edificante que resultan para nuestra vida si las vivimos con plenitud. Diciembre es un mes excepcional para fortalecernos familiar y comunitariamente, y así enfrentar las exigencias de la vida.
Si consideramos el año como un ciclo de nuestra vida, diciembre es la recta final de ese ciclo de mucho trabajo, esfuerzo y desgaste físico y emocional. Desembocan emociones de muy variado tono: nostalgia, alegría, tristeza, esperanza, decepción, enojo, optimismo y frustración, por mencionar algunas.
Platón sentenciaba con razón: “los dioses hicieron las fiestas para que pudiéramos respirar un poco”. Efectivamente, si la vida es caminar trabajoso, a veces necesitamos parar para respirar, y renovarnos, seguir adelante.
La fiesta hace olvidar los fracasos, suspende la terrible cotidianidad y el tiempo de los relojes. Es como si, por un momento, participáramos de la eternidad, pues en la fiesta no nos damos cuenta del tiempo que pasa. Cuando en una fiesta se come y se bebe, la intención no es saciar el hambre o la sed. Para eso comemos en casa o en un restaurante. Tales acciones simbolizan la amistad y la alegría del encuentro, a veces no muy frecuente.
La fiesta es un ritual, sin rito no hay fiesta. En el famoso libro de A. Saint Exupéry, el Principito pregunta al zorro que lo ha cautivado: ¿Qué es un rito? Y el zorro responde: “Es también algo demasiado olvidado. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día, y que una hora sea diferente a otra”.
El rito es, pues, lo que hace de la fiesta un día diferente de los demás. Pero solo gana fuerza expresiva si hay preparación y espera interior. Por eso el zorro aconseja al Principito: “hubiera sido mejor que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres yo empezaré a ser dichoso… Pero si tu vienes a cualquier hora, nunca sabré cuando preparar mi corazón…Los ritos son necesarios”.
La presencia del rito suele ser muy fuerte en las celebraciones durante el año (bodas, bautizos, cumpleaños). Pero las fiestas de navidad y año nuevo, tienen un valor simbólico y profundamente humano especial, que hay que aprovechar. El rito expresa mejor el sentido de las cosas que el lenguaje, que es “fuente de malentendidos”.


La fiesta tiene que ser preparada antes de celebrarla.
Sin esta disposición interior, corre el riesgo de perder su sentido alimentador de la vida que llevamos. Hoy en día celebramos fiestas, pero por no saber prepararnos ni prepararlas, salimos de ellas vacíos o saturados, cuando su valor radica en llenarnos de un sentido mayor para llevar adelante la vida, siempre desafiante y, para la mayoría trabajosa.
Todo ser humano, incluso el más secular y racional, es mítico en el sentido de la expresión ritual y simbólica. Cuando quiere expresar lo que el mismo es, su alegría, su tristeza, su pasión, su amor, no usa conceptos fríos, sino metáforas, o cuenta historias de vida; a través de ellos emerge el misterio del camino personal de cada uno, sin violarlo.
Todas estas reflexiones sobre el rito también tienen mucho que ver con el juego. Recordemos que como humanos nos solo somos “homo sapiens”, sino también “homo ludens” (nos gusta jugar). El juego es obra de la fantasía creadora, como lo muestran las niñas y niños: expresión de una libertad sin coacción, creando un mundo sin finalidad práctica, libre de lucro y de ventajas individuales. Así que les invito a preparar el interior (cada quien sabe cómo), para recibir la navidad y el año nuevo. Usemos metáforas, contemos historias de vida y juguemos como si fuéramos niñas y niños. Que las fiestas de este año no se parezcan a las del anterior. Que los rituales sean creativos y edificantes.





