
Durante décadas, México fue la hacienda privada de una élite rapaz que no solo acumulaba riqueza, sino que dictaba las leyes a su antojo. Personajes como Ricardo Salinas Pliego y Germán Larrea, fueron los rostros de un régimen de privilegios, donde el influyentismo del PRI y el PAN les permitía operar por encima del bien y del mal.
Hoy, esa realidad ha chocado de frente con la Cuarta Transformación, marcando una separación histórica y definitiva entre el poder político y el económico. El mensaje es claro: la soberanía ya no se vende a las grandes corporaciones.
El descaro fiscal de Salinas Pliego: El magnate que se creía “dueño” de la ley
El caso de Ricardo Salinas Pliego, dueño de Grupo Salinas, es la radiografía del “cinismo fiscal” más vergonzoso de nuestra historia. Desde hace más de quince años, valiéndose de créditos fiscales que se arrastran desde el 2008, el magnate utilizó una red de artimañas legales —amparos infinitos, incidentes de nulidad y recursos de revisión— para evitar lo que cualquier trabajador mexicano hace por honestidad: pagar sus impuestos.

Su estrategia fue el abuso sistemático del sistema judicial, apostando a que el tiempo y la complicidad de jueces serviles borraran sus deudas, mientras él presumía su opulencia en redes sociales.
Sin embargo, el cerco de la legalidad finalmente se cerró. La deuda histórica que este personaje pretendía ignorar, superaba los 63 mil millones de pesos, una cifra ofensiva para un país con tantas necesidades. Tras agotar hasta el último recurso legal, en el inicio del 2026, Salinas Pliego se vio obligado a claudicar ante la firmeza del Estado, firmando un acuerdo de liquidación por 32 mil 132 millones de pesos.
De esta suma, al cierre de enero de este año, ya efectuó un primer pago de 10 mil 400 millones de pesos directamente a la Tesorería de la Federación, dejando un saldo pendiente de 21 mil 732 millones, que deberá liquidar mensualmente hasta el 2027.
Es indignante que, mientras se veía obligado a cumplir con la ley, escalara una campaña de odio contra la presidenta, buscando incluso refugio en instituciones de Estados Unidos, para presentarse como una “víctima”. No es una víctima; es un deudor que finalmente ha sido alcanzado por el brazo de la justicia social.
Germán Larrea: el rastro de sangre y azufre de “Grupo México”
Si Salinas Pliego representa la avaricia, Germán Larrea encarna la negligencia criminal. El presidente de “Grupo México” construyó su imperio sobre tragedias, que permanecen como heridas abiertas en la conciencia nacional. El pasado 19 de febrero, recordamos con rabia la tragedia de “Pasta de Conchos” ocurrida en 2006, donde sesenta y cinco mineros quedaron sepultados por la falta criminal de medidas de seguridad.
Bajo el amparo de los gobiernos neoliberales, Larrea no solo ignoró la vida de sus trabajadores, sino que se opuso durante años al rescate de los cuerpos, para evitar peritajes que confirmaran su responsabilidad directa en este homicidio industrial.
Vale la pena recordar la decisión y rescate humanitario de Andrés Manuel López Obrador, ya que durante los gobiernos de Felipe Calderón y de Peña Nieto, sostuvieron que el rescate era “técnicamente imposible”, pero el ex mandatario demostró lo contrario.

A la fecha de hoy, se han rescatado 25 mineros de los 63 que permanecen sepultados desde el año 2006. La presidente Claudia Sheinbaum continúa con las labores de recuperación. A esto se le llama solidaridad con las familias sufrientes y justicia social frente a la negligencia criminal.
A este historial de infamia, se suma el ecocidio del “río Sonora” en 2014, cuando el derrame de 40 mil metros cúbicos de sulfato de cobre acidulado, envenenó el agua de más de 22 mil personas. El daño causado es incalculable, pero la justicia actual ha comenzado a pasar la factura.
El Plan Integral de Justicia, le exige una aportación de mil 500 millones de pesos para resarcir el daño. Recientemente, tras años de burlas y simulaciones, Larrea tuvo que realizar un primer depósito de 500 millones de pesos para iniciar la construcción de hospitales y plantas potabilizadoras urgentes.
Todavía debe mil millones de pesos adicionales, y la instrucción del nuevo régimen es tajante: tiene que pagar cada centavo para intentar limpiar el rastro de azufre y metales pesados que dejó en las venas de las comunidades sonorenses.
El triunfo de la dignidad sobre el dinero
Lo que estos personajes no logran asimilar, es que México ya no es su “propiedad privada”. La Cuarta Transformación ha demostrado que la separación del poder político del económico no es un eslogan, sino una realidad que se siente en las arcas públicas y en la dignidad recuperada de las instituciones.
Aquellos que antes se sentían protegidos por las siglas del PRIAN, hoy se encuentran desnudos ante un Estado que no acepta sobornos, ni se dobla ante amenazas mediáticas. Ya no hay espacio para las condonaciones en lo “oscuro” ni para la impunidad de “cuello blanco”.
Este no es un simple cambio de administración; es un cambio de régimen, donde se gobierna con principios y no con complicidades. La lección para Salinas Pliego, para Larrea y para toda la vieja oligarquía es que, en este México transformado, la soberanía reside en el pueblo y no en las billeteras.
Hoy queda claro que el que debe, paga; el que contamina, repara; y el que antes mandaba por encima de la Constitución, hoy finalmente obedece a la ley. Estos casos son signos de que la justicia avanza y de que la Cuarta Transformación, en muchas cosas perfectible, es una realidad palpable. ¡Hasta la justicia siempre!





