
El escritor mexicano Octavio Paz escribió: “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”, de este modo interpretó la ambigüedad del mexicano ante la muerte. Se le ridiculiza, se le festeja, se utiliza como disfraz y hasta se santifica (la Santa Muerte); pero a su vez, se le teme y se le huye, se le ve como la destrucción total.
En el fondo de esta ambigüedad hay una devaluación de la vida: se ridiculiza la muerte y, sin embargo, se asume que un día llegará; se festeja a la muerte, pero en el fondo de ese festejo hay una infravaloración de la vida. La vida es lo que se hace cada día: despertar, comer, trabajar, convivir con otros, tener relaciones sexuales, dormir; es el “valle de lágrimas” del que habla la oración de “La Salve”.
En la Edad Media se hizo énfasis en la muerte como efecto del pecado del que hay que salir a través de una vida de sacrificio, de penitencia. Pero a su vez, se concibió a la muerte como el paso a la vida o al tormento eterno. Así se entiende el “valle de lágrimas” con el que se identifica la vida en este mundo.
El cristianismo medieval, que es el que llegó a México con la invasión española, presentaba esta visión de la vida y de la muerte. Se vivía para sufrir con la esperanza de que después de la muerte el alma llegaba a presencia de Dios y ahí, si la persona era pecadora sin arrepentimiento, le esperaban las llamas del infierno; si se había arrepentido, pasaba a limpiar sus pecados en el purgatorio, y únicamente los que habían vivido en santidad tenían la seguridad de que llegaban directamente al cielo.
Un anciano de la Mixteca oaxaqueña, me dijo en una ocasión algo que en su modo de hablar resumía este pensamiento entre la vida y la muerte: “pobre del pobre si al cielo no va, los friegan acá y los friegan allá”.
En México no siempre se vivió esta visión entre la vida y la muerte. Los pueblos prehispánicos veían la vida y la muerte como un ciclo, al morir no había ni juicio ni aniquilación, era el tránsito a otra forma de vida; en ese tránsito, en ese caminar hacia esa otra vida, al difunto se le apoyaba con lo necesario para el viaje.
Los múltiples entierros encontrados por los arqueólogos en Mesoamérica ofrecen indicios de esa concepción del viaje del difunto: vasijas de barro y otros recipientes que posiblemente contenían alimentos para el viaje hacia la otra vida, de la cual retornaba para visitar a los vivos.
La muerte da sentido a la vida
En los pueblos prehispánicos no existía oposición alguna entre la vida y la muerte, eran dos modos de existencia estrechamente unidos.
A la llegada del cristianismo medieval español esa unidad se rompe, la vida viene a ser una presencia dolorosa en este mundo y la muerte un castigo del pecado; la redención es la remisión de ese pecado que abre, para los buenos, el cielo, y para los malos, el infierno. Esta visión le quita todo su valor a la vida e impregna de terror a la muerte; o voy al cielo o voy al infierno.
La reacción popular a esta antítesis vida-muerte es la indiferencia de la que habla Octavio Paz. “De qué sirve echarle ganas a la vida, si al final me voy a morir y nada llevaré”. Ahí nace la forma superficial de asumir la muerte, “la flaca”, “la calaca”, “la huesuda”.
Pero la vida tiene sentido, precisamente porque vamos a morir; vida y muerte son dos realidades inseparables. El actor Charles Chaplin sintetizó esta unidad en una de sus frases singulares: “Existe algo tan inevitable como la muerte: la vida”. Y es verdad, no elegimos vivir y tampoco elegiremos nuestra muerte; pero está en nuestras manos elegir cómo queremos vivir.
Ese sentido a la vida en relación con la muerte nos da respuestas claras a las interrogantes que todos los seres humanos nos hacemos: ¿Para qué vivir? ¿Qué dejaré al morir? ¿Quién me recordará después de muerto?
Se encuentra sentido a la vida cuando se vive para algo y ese algo tiene que ver con nuestro papel en la sociedad, en la familia, en el trabajo, en el estudio, en ser útiles a nosotros mismos, a los que nos rodean y a la comunidad.
La vida tiene sentido cuando somos felices y hacemos felices a los que nos rodean, pero, sobre todo, tiene sentido cuando caemos en la cuenta que la vida es una sola, que lo que vivimos no se repite, pero nos enseña a vivir el resto de la existencia. Porque al final, lo que dejamos es lo que hicimos, lo que sembramos; la luz con la que nos iluminamos e iluminamos a quienes nos rodearon en vida, por esa luz nos recordarán.
Cuando no se quiere vivir
Hay una realidad preocupante en la sociedad actual: el incremento de los suicidios. De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, cada 43 segundos hay un suicidio en el mundo, y las edades promedio van de los 17 a los 29 años de edad.
Este fenómeno indica también una ruptura entre la vida y la muerte. En el suicida, la muerte lo libera de una vida sin sentido, y este sin sentido se da porque la persona pierde la razón de vivir. Esto parece obvio, pero ¿nos hemos preguntado por qué la persona pierde esta razón de vivir, por qué le pierde el sentido a la vida?
Las razones son muchas, pero en la raíz de esta desilusión por la vida está la soledad, el rechazo, la frustración. La persona se siente sola en el mundo aun estando en casa, con una familia que la ignora o la desprecia; se siente rechazada por su entorno o los fracasos le llevan al desaliento total.
Quienes viven esta tendencia al suicidio le gritan en silencio al mundo una ayuda que, las más de las veces, nunca llega. Se le trata como el problema, la vergüenza de la familia, y la familia a su vez, sufre por la conducta, por el aislamiento, por el silencio de la persona.
Ninguna de esas actitudes ayuda al posible suicida. Él necesita sentirse apoyado, le urge encontrar sentido a la vida, requiere, además de la atención profesional y aun ante de ella, tener a su lado alguien o algunos que lo animen a encontrarle sentido a una vida que para él es frustrante. El reproche, el regaño, el insulto no lo ayudan, por el contrario, lo hunden.
Hay que ayudarle a encontrar el sentido de su vida, ayudarlo a encontrar la razón para vivir, apoyarlo para encontrar que en su vida aún hay un futuro, y en ese futuro está su familia, están personas que lo apoyan, que lo hacen sentir vivo.
Viktor Frankl, sobreviviente del genocidio nazi, afirmó: “El que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo (vivir)”.





