**Más de 100 familias mantienen viva una tradición milenaria, con un ciclo productivo mensual, reglas comunitarias estrictas y un mercado local limitado**
**El comité administrativo renueva su estructura cada año, y controla desde el reparto de agua hasta la prohibición de mascotas en el área salinera**
Juan Rubio – Andrés Martínez / Chila de la Sal, Pue.
En San Pedro Ocotlán, localidad rural perteneciente al municipio de Chila de la Sal, Puebla, más de 100 familias producen sal mediante un proceso artesanal que dura 30 días, y que se repite mensualmente entre noviembre y abril. Cada productor gestiona su propia finca salinera, compuesta por entre 8 y 35 cajetes, y vende el producto en bultos de 400 pesos a otros habitantes, quienes lo comercializan en comunidades vecinas. El comité administrativo local regula el acceso al agua, la limpieza de infraestructura y el orden de producción.

Un ciclo mensual de trabajo colectivo
La producción de sal en San Pedro Ocotlán opera bajo un calendario estricto: inicia el 3 de noviembre y concluye el 30 de abril. Durante esos meses, los productores —todos originarios de la comunidad—, realizan tres movidas diarias del agua salmuera: a las 8 de la mañana, al mediodía y a las 6 de la tarde. Este proceso, realizado durante 30 días consecutivos, permite que el sol evapore el líquido hasta formar cristales de sal.
Cada familia es responsable de su propia producción. Al finalizar el ciclo, entregan sus cajetes limpios para que el comité administrativo —integrado por un presidente, un secretario y un tesorero—, pueda reabastecerlos con agua salina y reiniciar el proceso.
Propiedad comunal y estructura de las fincas
Las fincas salineras están distribuidas entre más de 100 familias de San Pedro Ocotlán. Cada una posee entre 8 y 35 cajetes, espacios rectangulares de yeso donde se deposita la salmuera. La cantidad varía porque los productores negocian entre ellos la compra-venta de derechos sobre los cajetes. El precio de una finca oscila entre 80 mil y 100 mil pesos, según el número de cajetes que incluya.
Estos espacios se ubican en tierras ejidales y comunales. No se permite la expansión del área salinera ni la creación de nuevas parcelas. Tampoco se explotan los yacimientos de mármol y ónix que existen bajo la superficie, ya que la comunidad ha decidido proteger la actividad salinera como patrimonio productivo.

Comercialización limitada y dependencia local
El producto terminado se vende en bultos a 400 pesos. Los compradores son principalmente “paisanos” de la misma comunidad, quienes luego lo distribuyen en otras localidades. No existe un mercado formal ni apoyos gubernamentales sostenidos, aunque en noviembre o diciembre del 2024, arribaron representantes del gobierno, con la intención de establecer un cliente que adquiera la sal en cantidades considerables.
A pesar de la baja escala, la sal sigue siendo un ingreso complementario. La principal fuente económica de la región sigue siendo la agricultura de subsistencia y las remesas de migrantes. Cerca del 80 % de los salineros actuales tiene más de 50 años, y muchos han delegado parte del trabajo a terceros, quienes reciben la mitad de la producción a cambio de su labor.
Reglas comunitarias y gobernanza local
El funcionamiento de las salinas se rige por acuerdos colectivos plasmados en un acta constitutiva del comité administrativo. Entre las normas destacan:
-El cobro de dos pesos por cada cinco unidades de agua.
-La obligación de mantener limpios los apantles (zanjas) y conductos.
– La prohibición de sacar agua antes de la fecha oficial de inicio.
– La suspensión del suministro a quienes no paguen cooperaciones o no realicen faenas comunitarias.
– La entrega de regadas extraordinarias a madres solteras, viudas, jóvenes ronderos y personas sin apoyos gubernamentales.
– La prohibición de mascotas, consumo de alcohol y pirotecnia dentro del área salinera.
– La obligación de usar botas y mantener cerrado el portón de acceso.
Además, se estableció que el comité debe garantizar la limpieza de sanitarios y casetas para evitar “dar mal aspecto a los visitantes”. También se reguló el uso de tanques de agua, asignando responsabilidades de pago a distintas instituciones locales.
Patrimonio cultural en riesgo de desaparición
La tradición salinera en la Mixteca poblana data de hace dos mil años. Durante la época virreinal, pueblos como Chila y Ocotlán adoptaron el apelativo “de la Sal” por sus yacimientos. En el siglo XVIII, la sal era clave en la minería de plata, pero perdió relevancia tras la Independencia, debido a la competencia de la sal marina industrializada.
Hoy, la actividad persiste como símbolo identitario. Aunque ya no se celebra con la misma intensidad, antiguamente el 3 de mayo —Día de la Santa Cruz—, se ofrendaba el primer cajete de sal para bendecir la temporada. Existían también narrativas orales que explicaban el origen de las salinas mediante mitos locales, como el relato de una Reina cuya leche dio origen a la sal de Xicotlán.
Turismo incipiente y futuro incierto
San Pedro Ocotlán forma parte de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, lo que ofrece potencial ecoturístico. Municipios cercanos, como Zapotitlán Salinas, ya cuentan con recorridos guiados por sus salinas. En Ocotlán, sin embargo, no hay infraestructura turística formal, aunque se han organizado ferias locales y degustaciones durante festividades patronales.
El futuro de la sal artesanal, dependerá de si logra posicionarse como producto de valor agregado —por ejemplo, como “sal gourmet”—, y de si se consigue consolidar un mercado estable. Mientras tanto, el comité local seguirá velando por el orden, la limpieza y la equidad en el acceso al recurso hídrico que sostiene este oficio ancestral.





