
La llegada de la Semana Santa coincide con el periodo de vacaciones escolares, siendo un tiempo propicio para el descanso, la convivencia familiar y comunitaria. Asimismo, es un tiempo de celebraciones religiosas, donde mucha gente asiste con gran devoción.
Las maneras de participar son distintas: algunas con mucha profundidad, reflexionando en el significado esencial del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús; otras, únicamente por costumbre ritualista superficial.
Para comprender la verdadera potencia de estos días, considero pertinente realizar un discernimiento espiritual de manera crítica del relato que nos han heredado; lo hago con profundo respeto a las creencias personales y a la religiosidad popular.
Durante siglos, se ha instrumentalizado el mensaje cristiano para domesticar la esperanza de los pueblos, transformando la cruz, un instrumento de ejecución política y tortura imperial, en un fetiche que santifica el sufrimiento pasivo.
Esta interpretación errónea, sugiere que el dolor en la tierra es un tránsito necesario para el goce en la otra vida, una anestesia metafísica que valida la injusticia social bajo el pretexto de una recompensa celestial: “sufrir para merecer”.
Es la religión convertida en instrumento de dominación, que convence al oprimido de que su miseria es voluntad divina, despojando al evangelio de su esencia profunda y transformándolo en un manual de obediencia y en una teología de la resignación.

Esta distorsión alcanzó su punto más álgido durante el proceso de colonización de Europa hacia América. Bajo el estandarte de la evangelización, se justificó el despojo, la violencia y la anulación del otro. Como bien señalaba Eduardo Galeano, en un inicio nosotros teníamos la tierra y ellos tenían la biblia; nos pidieron cerrar los ojos para orar, y cuando los abrimos, ellos poseían la tierra y nosotros nos habíamos quedado únicamente con la biblia.
En este intercambio desigual, la palabra sagrada funcionó como un dispositivo de control, que borró identidades y legitimó estructuras de poder asimétricas. La biblia fue usada para silenciar el grito de libertad de los pueblos originarios, convirtiendo el mensaje de un carpintero galileo perseguido por el Estado, en la ideología oficial de los imperios conquistadores. Recuperar la esencia de la Semana Santa exige descolonizar la fe para ver más allá de los escombros de la historia conservadora.
Frente a este evangelio que oprime, surge con fuerza la figura mística y profundamente humana de Jesús de Nazareth, cuyo anuncio es esencialmente una denuncia. Jesús no fue un místico aislado en la contemplación, sino un profeta que caminó al lado de los excluidos por el sistema legal y religioso de su tiempo: pobres, enfermos, viudas, huérfanos, mujeres prostituidas, pescadores, campesinos.
Su anuncio de un reino de justicia no era una promesa para el más allá, sino una exigencia para el aquí y el ahora (sentido histórico), sin desconocer el sentido escatológico de su mensaje. Al defender la dignidad de quienes eran aplastados por la ley, Jesús emparentó de manera indisoluble el amor a Dios con el amor al prójimo. No hay mística verdadera que no pase por la ética; quien afirma amar a un Dios invisible mientras ignora el dolor del hermano que tiene frente a sus ojos, habita en la mentira.
La Semana Santa debe ser entendida como el culmen de una vida entregada a la causa de la libertad, donde la resurrección no es solo un milagro biológico, sino el triunfo de la luz sobre la oscuridad, dicho de otro modo, el triunfo de la justicia sobre la muerte, impuesta por la opresión y la exclusión.
Esta búsqueda de un código ético que proteja al vulnerable no es exclusiva del cristianismo, sino que resuena en las fibras más antiguas de la humanidad. Ya en el mito de Osiris encontramos que el juicio final no es un examen de dogmas, sino una evaluación de cómo se ha servido al prójimo en vida.
Del mismo modo, el Código de Hammurabi (desde el año 1750 a.C.), establecía la protección del huérfano, la viuda y el pobre como la medida de una sociedad justa. Jesús recoge este hilo histórico y lo radicaliza en las Bienaventuranzas, y en el juicio de las naciones descrito en Mateo 25:35-40.
Allí, la trascendencia exige una concreción absoluta: tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste. Como bien apunta Enrique Dussel, la santidad se manifiesta en la materialidad del otro; servir al prójimo es asegurar que el hambriento coma y que el oprimido recupere su dignidad, su cuerpo y su voz.
Vivir la Semana Santa desde esta perspectiva liberadora, implica dejar de ser espectador de procesiones y convertirse en el buen samaritano que se detiene ante la “víctima del camino”, le venda las heridas, le da de comer y de beber, es decir, se solidariza con él.
No se trata de una conmemoración fúnebre, sino de una renovación del compromiso solidario con quienes hoy siguen siendo crucificados por la desigualdad, la indiferencia, la violencia contra las mujeres, la guerra, los bloqueos criminales, el asedio imperial en América Latina y medio oriente.
El evangelio que libera es aquel que nos impulsa a desclavar a los pueblos de sus cruces contemporáneas, entendiendo que la espiritualidad más profunda es aquella que se ensucia las manos con el barro de la historia. Al final, desde mi punto de vista, la esencia de estos días se resume en el acto profético de anunciar un proyecto de vida y denunciar el proyecto de muerte, tanto personal como social.
Reconocer que la divinidad habita en el rostro del prójimo, y que habrá que cambiar la pregunta de ¿Quién es mi prójimo? por ¿De quién estoy siendo prójimo concretamente? Solo a través de la justicia y el amor efectivo podemos transitar de la opresión de la tumba, a la resurrección solidaria de una vida compartida con dignidad, alegría, justicia y paz.





