
Sin Corbata
Por Juan Rubio

Cada 12 de diciembre, millones de personas caminan hacia el cerro del Tepeyac con flores, veladoras y rezos. Van a honrar a la Virgen de Guadalupe, a quien llaman “madre”, “protectora” y “Reina de México”. Lo hacen con fe sincera, con lágrimas en los ojos y con la certeza de que ella los escucha. Y, sin saberlo, muchos de ellos escarnecen una historia más antigua, más compleja, y más humana que el milagro del ayate.
Porque antes de que hubiera una Virgen morena con manto estrellado, en ese mismo lugar había una diosa: Tonantzin, “Nuestra Madre”. No era la Virgen María, ni venía del cielo en una aparición. Era parte de un mundo que ya existía: el mundo de los pueblos originarios, con sus ritos, sus calendarios, sus flores de cempoalxóchitl y sus ofrendas al maíz. El Tepeyac no era un cerro cualquiera: era un sitio sagrado, como lo fue el Cerro de la Estrella, como lo fue el Templo Mayor.
Cuando llegaron los frailes después de la conquista, no destruyeron todo de golpe. Eso habría causado más resistencia. En cambio, hicieron algo más listo: reemplazaron. Pusieron una imagen de la Virgen Inmaculada en el mismo lugar donde antes se veneraba a Tonantzin. Y, con el tiempo, la gente empezó a llamar “Guadalupe” a lo que antes nombraban “Madre”. No fue un milagro, fue una estrategia. Una estrategia brillante, sí, pero humana, al fin y al cabo.
No digo esto para ofender a nadie. La fe es personal, y respeto profundamente a quienes encuentran consuelo en la Virgen. Pero como agnóstico —es decir, alguien que no afirma ni niega lo divino, sino que prefiere mirar los hechos— me parece imposible ignorar que la historia de Guadalupe es, ante todo, una historia de mezcla. De sincretismo. De supervivencia cultural.
Los frailes no podían borrar la devoción a la “Madre”. Era demasiado fuerte. Así que la vistieron con túnica cristiana, la llamaron “Virgen” y le pusieron un nombre español: Guadalupe (aunque probablemente el nombre original, en náhuatl, sonaba muy distinto). Hasta la fecha de la aparición —diciembre— coincide con las fiestas antiguas a Tonantzin. ¿Casualidad? No lo creo. Los evangelizadores sabían muy bien qué hacían.
Y esta mezcla es, en el fondo, lo que hace tan poderosa a la figura de la Virgen de Guadalupe. No es solo católica, ni solo indígena: es mexicana. Es mestiza, como el país. Por eso ha sido símbolo de unidad, de resistencia, de identidad. Desde Hidalgo hasta los migrantes en la frontera, muchos han llevado su imagen no por dogma, sino por arraigo.
Pero también hay una paradoja: mientras más se venera a la Virgen como algo único y celestial, más se borra la memoria de Tonantzin. Y con ella, se borra una parte de la historia real de quienes vivían aquí antes de que llegaran los barcos. ¿No podríamos honrar a la Virgen y reconocer a la diosa? ¿No podríamos celebrar la fe y entender su origen humano?
No necesitamos milagros para encontrar significado. A veces basta con saber que lo sagrado también nace de la tierra, de las manos, de la necesidad humana de sentirse acompañados. La Virgen de Guadalupe es hermosa, sí. Pero su verdadero milagro no es la imagen en el ayate: es que, en un país dividido por tantas cosas, sigue siendo un punto en común.
Solo que, si miramos con honestidad, ese punto no fue puesto desde el cielo. Fue construido aquí, en el suelo del Tepeyac, con raíces que ya estaban enterradas mucho antes de 1531.








