Dr. Melitón Lozano Pérez
Originario de San Felipe Ayutla, hijo de Teódulo Alvarado Sánchez y Marina Meléndez Bello. Nació el 4 de noviembre de 1962. Sus padres le decían de cariño, “Carlitos”. El pueblo, que sabe bautizar con el corazón, lo llamó “El Jato”.
Pocos supieron el porqué. Era en honor a aquel luchador de sumo, alto y corpulento, de origen japonés, que aparecía en las revistas de Kalimán, el “Hombre Increíble”. Un gigante de papel que se hizo hombre en nuestra tierra.
De 1998 a 2003, México tuvo que mirar hacia arriba para verlo. Con sus 2.24 metros, fue reconocido como el hombre más grande de México. Pero su verdadera medida y valor nunca estuvo en los centímetros. De carácter serio y formal, de palabra recta, “Carlitos” guardaba para los amigos otro tesoro: un gran sentido del humor, fino y noble, ese que solo desarrollan quienes han aprendido a reírse para no dolerse.
Fue un hombre trabajador. Le gustaba disfrutar la vida, la música de corridos, los bailes populares, el campo. Trabajaba su tierra, cuidaba con orgullo sus cultivos de caña y manejaba su camión hasta el Ingenio de Atencingo, llevando en cada viaje el fruto de su esfuerzo.
Se cuenta como anécdota que, por su fuerza y estatura, alzaba los manojos de caña y los aventaba al camión como si fueran de paja: con la naturalidad del que nació para sostener lo grande, para levantar su propio destino.
Célebre era su camioneta Chevrolet roja, con asientos adaptados para su comodidad, con la cual se transportaba alegre con su música a todo volumen, alegrando los caminos por donde transitaba.
Como muchos paisanos en búsqueda de oportunidades, migró a los Estados Unidos.
Estuvo en Chicago, Nueva York, Míchigan y Nebraska. Cuenta una anécdota que, al cruzar la frontera, la unidad que los transportaba fue detenida por migración. Los agentes se asustaron al ver a un hombre tan imponente y llamaron refuerzos; una vez que dialogaron con él, impresionados, los dejaron ir.
Otra anécdota memorable es que el equipo de Grandes Ligas, los Yankees de Nueva York, lo invitaron a comer. Él agradeció la invitación, pero la rechazó; no le gustaba el morbo con que lo miraban. Aun así, varios peloteros famosos se tomaron fotos con él.
Amaba los deportes, todos. Pero el básquetbol y el béisbol eran su pasión. Empezó como todos, jugando en la escuela, en el pueblo, con Los Toros de San Felipe Ayutla. Equipo que participó en la Liga Municipal de Izúcar de Matamoros, en aquella cancha improvisada a un costado del zócalo, que se llenaba de gente y se convertía en un espectáculo sin igual cuando él entraba a la cancha.
Su altura le abrió puertas, pero fue su talento el que lo sostuvo. Jugó con las Águilas de la UPAEP, con las Abejas de San Martín Texmelucan, las Abejas Poblanas con el Seguro Social, y con selecciones regionales y estatales. A donde iba, era invitado de honor. A donde iba, dejaba huella.
Y sí, ser distinto tuvo un costo. Tuvo que enfrentar el Bullying disfrazado de broma, madurar rápidamente, pues parecía mayor sin serlo, la incomprensión de un mundo que no está hecho para los gigantes. Pupitres pequeños, miradas que incomodan, preguntas que cansan. Ante eso, “Carlos” respondió como responden los grandes: con el sentido del humor como escudo y con una fortaleza interna inquebrantable.
Falleció el 06 de julio de 2003, a sus 41 años, dejando una huella poderosa e imborrable. Hoy no estamos aquí para recordar solo su estatura, estamos aquí para celebrar a la persona. Al hijo de Teódulo y Marina. Al amigo. Al compañero de equipo. Al hombre de campo.
Que su historia le recuerde a cada niño de Ayutla, de Izúcar y de México, que ser diferente no es un defecto, ser único e irrepetible es un derecho y un privilegio. Que no hay que agacharse para caber en el mundo. Hay que caminar erguido, para que el mundo aprenda a crecer contigo. El legado de “El Jato” permanece vivo, y seguirá inspirando a las generaciones presentes y futuras.





