La red que enseña a violentar mujeres

Regresamos, y no es casualidad. Volvemos a escribir en el momento exacto en que el silencio sería cómplice. Lo que hoy queda impreso, en papel y en lo digital, no es una exageración, es un registro necesario de la realidad que estamos obligados a mirar de frente.

La investigación que destapó el horror

Para entender la gravedad de lo que estamos hablando, hay que empezar por el origen. En marzo de 2026, un equipo de periodistas de CNN, encabezado por Saskya Vandoorne y Niamh Kennedy, publicó una investigación tras meses de infiltración en espacios digitales clandestinos. El objetivo era claro: rastrear cómo operan comunidades en línea que promueven violencia sexual. Lo que encontraron superó cualquier límite.

Las periodistas lograron ingresar, bajo identidad falsa, a grupos privados, principalmente en Telegram, donde cientos de hombres intercambian contenido, consejos y hasta manuales detallados sobre cómo drogar y abusar sexualmente de sus parejas. No solo eso: documentaron la existencia de sitios web con miles de videos organizados bajo eufemismos (insinuaciones), que encubren agresiones reales contra mujeres en estado de inconsciencia.

La investigación evidenció una red global que no solo comparte violencia, sino que la enseña, la perfecciona y la normaliza. Un sistema que opera bajo el anonimato digital y que, en muchos casos, permanece impune. Lo verdaderamente alarmante no es solo la existencia de estos sitios o grupos clandestinos. Es la normalización.

Hombres, muchos con vidas que aparentan ser “comunes”, participan en comunidades donde intercambian manuales, sustancias, métodos. Donde la violencia se convierte en conocimiento. Donde el cuerpo de una mujer deja de ser humano para convertirse en objeto.

Aquí hay que ser claros: quien ve esto como “normal”, está equivocado. No es una opinión. Es un hecho. Porque detrás de cada “tutorial”, hay una víctima. Detrás de cada video, hay una vida marcada por la violencia.

La raíz: una educación que deshumaniza

Esto no nace en internet. Internet lo amplifica. La raíz está en una cultura que durante años ha enseñado que la mujer existe para satisfacer, para servir, para ceder. Y cuando ese “acceso” no se obtiene por consentimiento, algunos deciden tomarlo por la fuerza, por la manipulación, por la anulación total de la voluntad.

Eso también es violencia estructural. El problema no es solo quienes cometen estos actos, es el entorno que los justifica, que los minimiza, que los convierte en chiste, en morbo, en contenido. No es lejano, no es ajeno. Pensar que esto ocurre “en otros países” o “en rincones ocultos de la red” es un error peligroso. Estas dinámicas pueden replicarse en cualquier espacio: grupos privados, chats, círculos cercanos.

La violencia no siempre llega con rostro desconocido. A veces vive en casa. Nombrar estas realidades es un acto de resistencia. Es decir: esto existe y no debe seguir existiendo. Que nuestras infancias no crezcan entendiendo la violencia como algo normal. Que nuestras niñas no tengan que aprender a sobrevivir en lugar de vivir. Que nuestros niños no aprendan que el poder está en someter…

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Karen Rojas
Karen Rojas

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