Las venas siguen abiertas: una provocación el homenaje a Hernán Cortés

La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, a tierras mexicanas no puede leerse como un simple acto protocolario o una misión diplomática amistosa, sino como una calculada provocación que busca reabrir heridas históricas, bajo el disfraz de una hermandad mal entendida.

Al proponer un homenaje a la figura de Hernán Cortés, Ayuso no solo ignora la sensibilidad de una nación que ha construido su identidad sobre la resistencia al colonialismo, sino que ejerce una intromisión directa en la política exterior que, constitucionalmente, ni siquiera le compete.

Esta actitud se manifiesta desde los detalles más sutiles pero cargados de simbolismo, como el empeño en escribir el nombre de nuestra nación con la letra “J”, Méjico, un arcaísmo que intenta despojar al nombre de su raíz náhuatl.

Escribir México con “X” es reconocer su significado: “en el ombligo de la luna”, es honrar un origen y una cosmogonía que existían mucho antes de que las naves de Cortés avistaran las costas de Veracruz, y usar la “J” es un intento gráfico de perpetuar una visión eurocéntrica y colonizadora sobre la identidad soberana.

El intento de elevar a Hernán Cortés a la categoría de héroe digno de homenaje choca frontalmente con la realidad de los hechos históricos que lo sitúan, más bien, como un personaje marcado por la crueldad y la ambición desmedida. No se puede sostener un homenaje a un hombre que fue juzgado en su propio tiempo por delitos atroces. La historia registra con claridad el juicio por el asesinato de su esposa, Catalina Juárez Marcaida, y la responsabilidad directa en el suplicio y muerte de Cuauhtémoc, el último tlatoani, en 1525.

El relato que Ayuso intenta imponer omite sistemáticamente la sangre derramada en episodios como la matanza de Cholula en octubre de 1519, donde más de cuatro mil personas fueron masacradas en lo que era el centro cultural y religioso de Mesoamérica. Tampoco menciona la brutalidad de la matanza del Templo Mayor en mayo de 1520, donde miles de jóvenes mexicas fueron aniquilados mientras realizaban una ceremonia religiosa.

Cortés no trajo consigo una misión civilizadora, sino un sistema basado en la esclavitud de miles de seres humanos, como en Texcoco y otros señoríos donde niñas y niños inocentes, mujeres y hombres fueron marcados con fierro al rojo vivo, como si fueran animales de su propiedad, y una violencia sistemática que incluyó la violación de mujeres como arma de dominio. Hablar de un legado de justicia bajo su nombre es una incongruencia absoluta; su verdadera herencia fue el despojo, el genocidio y la instauración de una injusticia estructural que tardó siglos en empezar a revertirse.

Como puede advertirse, Ayuso intenta reanimar un eurocentrismo caduco que se niega a reconocer al “Otro” en su plena dignidad y soberanía. Recordando a Eduardo Galeano, autor del libro “Las venas abiertas de América Latina”, este homenaje es visto como una continuación de esa historia de saqueo y desprecio.

Galeano sostendría que celebrar a Cortés es celebrar la herida abierta que permitió el drenaje de los recursos y la dignidad de un continente, una forma de insistir en que el pasado colonial fue un beneficio y no una tragedia de dimensiones humanas incalculables. La postura de la política madrileña es una bofetada a la memoria de los pueblos oprimidos, y un intento de validar, en pleno siglo veintiuno, una jerarquía racial y cultural que el mundo ya debería haber superado.

Esta visita también pone de relieve la profunda crisis de los sectores conservadores en México, quienes, al carecer de un proyecto de nación sólido y de referentes internos con autoridad moral, corren a buscar validación en el extranjero.

El recibimiento entusiasta que la derecha del PRIAN otorgó a Ayuso, incluyendo la entrega de una medalla en Aguascalientes, revela su pequeñez política. Al no tener nada que ofrecer al pueblo de México más que ataques y mentiras, estos grupos se refugian en una suerte de “triángulo del mal” ideológico compuesto por Washington, Madrid y las corrientes más reaccionarias de Argentina.

Esta búsqueda de intervención extranjera para apuntalar sus intereses locales, no es más que una traición a la patria, un eco de aquellos conservadores del siglo diecinueve que cruzaron el Atlántico para ofrecer la corona de México a un príncipe europeo. Es la renuncia absoluta a la soberanía en favor de una subordinación ideológica, política y económica, que solo busca el retorno de los privilegios perdidos.

Frente a esta ola de embates orquestados por una derecha internacional, que se siente respaldada por el imperio en decadencia que representa el “trumpismo”, México tiene el imperativo de construir una memoria basada en la justicia y el respeto mutuo. No se trata de negar el pasado, sino de entenderlo sin romanticismos coloniales que disfrazan el genocidio de gesta heroica.

Defender nuestra identidad es defender la soberanía nacional frente a quienes, desde afuera y desde adentro, pretenden tratarnos como una colonia mental o un peón de sus intereses geopolíticos. La historia de México es una historia de resistencia, y ante la provocación de Ayuso y la sumisión de sus aliados locales del PRIAN, la respuesta debe ser la unidad en torno a nuestros principios y valores.

Es tiempo de recordar que la dignidad de una nación no se negocia ni se entrega en medallas a quienes vienen a insultar nuestra memoria colectiva, con homenajes a los artífices de nuestro antiguo sometimiento, esclavismo y violación sin piedad a nuestros derechos humanos.

Compartir
Karen Rojas
Karen Rojas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: ¡Contenido protegido!