Por Juan Rubio / Sin Corbata.
Vaya al supermercado. Entre a una farmacia. Pida comida rápida o compre un shampoo. Si se fija bien, verá decenas, cientos de marcas distintas. Parece que hay de todo y para todos. Esa sensación de libertad para elegir es muy bonita, ¿verdad? Pues no se la crea del todo.
Detrás de ese montón de etiquetas llamativas y colores distintos, se esconde una realidad que a muchos les incomoda: casi todo lo que compramos está controlado por unas pocas megacorporaciones gigantes. Lo que parece una competencia feroz es, en realidad, un baile de disfraces donde los mismos grupos son dueños de casi todo.
Piense en lo que come o bebe. ¿Una Coca-Cola? La dueña es una sola empresa que también es dueña de Sprite, Fanta y Del Valle. ¿Un yogur, un café Nescafé o una galleta KitKat? Todo es Nestlé. ¿Unos Doritos o un Gatorade? Es PepsiCo. Hasta en la limpieza y el jabón nos pasa lo mismo: Dove, Rexona, Knorr y Hellmann’s son de la misma compañía: Unilever. El cuento de la competencia es solo un espejismo. La verdad es que unos cuantos dueños reparten el pastel del mundo.
Y ojo, no solo pasa con la comida. ¿Qué red social usa? Facebook, Instagram y WhatsApp son de Meta. ¿Buscó algo en internet? Google, YouTube y Waze son de Alphabet. ¿Usa Windows o juega Xbox? Todo es Microsoft. En la moda de lujo, LVMH es un imperio que abarca desde Louis Vuitton hasta Tiffany. En las hamburguesas, Burger King, Popeyes y Tim Hortons responden al mismo jefe.
Pero la cosa se pone más seria cuando vemos qué llevan esos productos por dentro. Los mismos ingredientes baratos y problemáticos están en todas partes.
El rey de la fiesta es el azúcar. Está en refrescos, panes, salsas, yogures y hasta en comidas que no imaginamos. Las empresas la usan porque es barata y engancha. El problema es que el exceso de azúcar, ese que consumimos sin saber, es un veneno lento. Los médicos lo han dicho hasta el cansancio: es culpable directo de la obesidad, la diabetes, la presión alta y los problemas del corazón. México es un ejemplo doloroso de esto.
Luego viene el aceite de palma. Está en galletas, chocolates, shampoos y jabones. Su producción está arrasando selvas enteras, acabando con la casa de animales como los orangutanes y empeorando el cambio climático. Por si fuera poco, el jarabe de maíz de alta fructosa, prima hermana del azúcar inunda las bebidas en Estados Unidos y está relacionada con el hígado graso y la diabetes.
Y ni hablar del plástico. El PET de las botellas de agua o refresco está por todos lados. El problema no es la botella que usa hoy, sino los millones de millones que flotan en el mar, se rompen en pedacitos diminutos y ya los encontramos hasta en la sangre humana. Nadie sabe aún cuánto daño nos harán esos micro plásticos a largo plazo.
En el baño también nos engañan. Ese shampoo que hace espuma y deja el pelo «súper limpio» seguramente tiene SLS, un químico que irrita la piel y el cuero cabelludo. Por eso ahora venden tantos productos «sin sulfatos». Se dieron cuenta de que hacía daño, pero mientras tanto, lo usaron porque era barato.
Las mismas corporaciones dominan la industria de los medicamentos. Pfizer, Johnson & Johnson, Roche y otras pocas controlan las vacunas, los tratamientos contra el cáncer y los medicamentos que “nos salvan la vida”. Pueden poner precios altísimos, presionar a los gobiernos y hacer lo que quieran con las patentes. Por algo les llaman «la gran farma».
Ahora, cuidado con sacar conclusiones rápidas o señalar a grupos específicos, “guiño guiño”. El poder económico no entiende de apellidos, religiones o banderas. Aquí no hay «unos» contra «otros». Hay un sistema: un modelo que premia la concentración, la producción masiva y el consumo constante. Si algo es barato, dura poco y se puede vender por millones, las grandes corporaciones lo van a hacer, sin importar en qué país nacieron o qué cree su dueño.
La verdadera trampa es otra. Hoy, el poder no está en una familia o una religión, sino en los fondos de inversión como BlackRock y Vanguard. Estas empresas no fabrican nada, pero son dueñas de pedazos de todas las demás. Así que, al final, un puñado de ejecutivos en Nueva York o Londres decide, desde su escritorio, qué comemos, con qué nos lavamos el pelo y cómo nos enfermamos.
¿Y los gobiernos? Muchos recién están reaccionando. Algunos pusieron impuestos al azúcar, otros prohibieron los popotes de plástico. Pero es muy poco. Las empresas son más rápidas, más ricas y tienen mejores abogados. Mientras tanto, nosotros seguimos creyendo que somos libres cuando comparamos dos marcas de cereal que son de la misma empresa.
Entonces, ¿qué hacer? No se trata de volverse loco ni de vivir en una burbuja. Pero sí de abrir los ojos. Leer las etiquetas. Exigir leyes más fuertes. Comprar menos cosas ultra procesadas. Hay que recordar que detrás de cada producto hay una decisión política y económica.
Uno no es solo un consumidor. Uno es un ciudadano. Y como ciudadano, tiene derecho a saber quién manda realmente en su despensa, en su botiquín y en su salud. No se conforme con la ilusión de elegir. Exija transparencia de verdad.
Porque mientras usted cree que decide entre diez marcas, ellos ya decidieron que usted les comprará a ellos. Y esa no es una elección libre. Es una trampa bien disfrazada.





