

La Mixteca poblana es una tierra de contrastes profundos, donde la calidez de su gente y sus ricas tradiciones, suelen camuflar una dolorosa realidad de inseguridad gestada desde hace años.
Frente a este panorama, resulta imperativo ejercer una mirada crítica que exija justicia, pero que al mismo tiempo reconozca con honestidad los avances institucionales y entienda que la paz es una construcción colectiva.
Para comprender la urgencia de este llamado, es necesario volver la vista a los sucesos que nos han dejado con el corazón estrujado y que reflejan la gravedad de la problemática. El horror cobró una forma devastadora con la masacre de una familia en Tehuitzingo, un hecho atroz que, como bien apuntó la columna “Cuitlatlán” de La Jornada de Oriente (20 de mayo de 2026), evidenció una descomposición que va más allá del delito común; representa una afrenta directa a la dignidad humana.
Este doloroso acontecimiento se hila con otros hechos de violencia recientes, que mantienen en alerta a la región, tales como las ejecuciones del hermano de la ex presidenta municipal de Tilapa, del maestro de la colonia Cruz Verde en Izúcar de Matamoros, y de varias personas en la localidad de Atencingo. Ante esta alarmante sucesión de pérdidas, el mayor peligro es la apatía.
No podemos normalizar el horror ni acostumbrarnos insensiblemente a él. Como bien reza la máxima: “Nada de lo que es humano me es ajeno”; el dolor y la vulnerabilidad de cada habitante de la Mixteca deben ser asumidos como propios por toda la sociedad.
A pesar de la gravedad de la situación, el análisis serio exige contextualizar que estos hechos ocurren en un escenario donde se implementa un modelo de Seguridad nacional, estructurado sobre cuatro ejes fundamentales: atención profunda a las causas, consolidación de la Guardia Nacional, fortalecimiento de la inteligencia e investigación, y una estrecha coordinación institucional.
Esta estrategia integral ha comenzado a ofrecer resultados tangibles en la disminución de la incidencia delictiva, principalmente en homicidios dolosos y delitos de alto impacto como la extorsión, tanto en el país como en el estado de Puebla.
Asimismo, el reciente estudio sobre el “Índice de Paz en México” muestra avances significativos; el estudio revela que, en 2025, la paz en México mejoró un 5.1%, la mayor mejora en la historia. El avance sustancial en la paz puede atribuirse a una gran reducción en la tasa de homicidios, que disminuyó un 22.7%, equivalente a casi siete mil muertes menos que en 2024 (fuente: Índice de Paz México 2026).
Es justo reconocer que las Fiscalías realizan un buen trabajo, y que se han heredado problemas graves de impunidad estructural, que poco a poco se han ido revirtiendo. Sin embargo, en el marco de los principios de transparencia que guían a los gobiernos de la Cuarta Transformación, hace falta un mayor esfuerzo en la investigación de los crímenes para erradicar la opacidad.
Un caso emblemático de esta asignatura pendiente es el de María del Socorro Barrera, asesinada el 20 de junio de 2024 en Izúcar de Matamoros. A casi dos años de este trágico suceso, sus agresores siguen libres y no hay resultados concretos para castigar a los autores materiales e intelectuales.
Recordemos que fue ejecutada unos días antes de presentarse a declarar en el caso de agresión a dos jóvenes periodistas; la falta de avances provoca, además de dolor, desilusión en las instituciones encargadas de hacer justicia. Reconociendo avances y retos, se requiere todavía más esfuerzo a través de una estrategia integral que refine lo que ya se hace, fortaleciendo la coordinación entre los tres órdenes de gobierno.
Es evidente que, mientras la federación y el estado despliegan recursos y personal, algunos gobiernos municipales ponen menos esfuerzo o carecen de la voluntad política necesaria para limpiar sus corporaciones locales y prevenir el delito menor. La Seguridad no admite omisiones ni brazos caídos; se requiere un frente común y sin fisuras.
Asimismo, se necesita un diagnóstico regional de la Mixteca y una atención focalizada, donde se priorice el combate a los delitos de mayor índice, como el cobro de piso y la extorsión. La construcción de una Mixteca Segura no puede depender exclusivamente de los cuerpos policíacos ni de las Fiscalías.
Sin excusar bajo ninguna circunstancia la responsabilidad constitucional, que corresponde impulsar a los gobiernos como representantes populares, la experiencia demuestra que la paz duradera se teje desde abajo, sumando de manera corresponsable a la familia y a la comunidad.
Por ello, se proponen las siguientes alternativas concretas y cotidianas, al alcance de la participación familiar y comunitaria, donde todos podemos ser parte activa de la solución:
-Estrategia de investigación especializada y transparencia: Creación de una mesa de seguimiento de casos de alto impacto e impunidad (como el de María del Socorro Barrera), integrada por la Fiscalía General del Estado (FGE) y observadores ciudadanos, garantizando informes públicos cuatrimestrales sobre los avances, respetando el debido proceso, pero eliminando la opacidad.
-Activación de redes de Seguridad ciudadana y comunitaria: Incorporar activamente a los vecinos en las estrategias de prevención del delito. Nadie conoce mejor los problemas cotidianos, las luminarias descompuestas o los callejones de riesgo que quienes habitan los barrios. La creación de comités vecinales de vigilancia, conectados mediante tecnologías de alerta rápida (como aplicaciones de mensajería o alarmas comunitarias), permite una reacción solidaria inmediata y un canal de comunicación directo y transparente con las autoridades.
-Políticas públicas y talleres familiares para la no violencia: Impulsar desde los municipios programas orientados directamente hacia las familias para erradicar la violencia intrafamiliar y de género. El hogar debe ser el primer espacio de Seguridad; promover un clima de respeto, comunicación asertiva y relaciones sanas en la vida diaria, es el antídoto más eficaz para evitar que las nuevas generaciones vean la agresividad como una forma válida de resolver conflictos.
-Apuesta por la infraestructura social (Educación, Deporte y Recreación): Rescatar los espacios públicos y transformarlos en áreas de convivencia viva. Es urgente dotar a las comunidades mixtecas de infraestructura para la educación formal y no formal, canchas deportivas y centros culturales. Que las niñas, niños y jóvenes tengan la libertad y la posibilidad real de jugar, pintar, bailar y convivir al aire libre, pues funciona como un escudo protector frente a las conductas antisociales y las redes de la delincuencia.
-Atención integral a la salud mental y acompañamiento juvenil: Implementar redes comunitarias de apoyo psicológico orientadas a jóvenes y adolescentes, abordando sus problemáticas sin estigmatizarlos ni culparlos. Es crucial comprender que las juventudes actualizadas son, muchas veces, víctimas de un sistema estructural de mercado que las seduce al consumo material inmediato, y las expone a entornos de violencia digital y ciberacoso. Ofrecerles espacios de escucha, orientación emocional y alternativas de vida dignas neutraliza el reclutamiento delictivo.
-Corresponsabilidad y recuperación de valores: Fomentar en la vida diaria los valores de la solidaridad, el apoyo mutuo y la cultura de la denuncia responsable. Una sociedad que se organiza para cuidar a sus ancianos, que vigila el trayecto de sus estudiantes y que no calla ante la injusticia, se vuelve impermeable a la delincuencia.
La paz en la Mixteca Poblana es una meta alcanzable. No estamos condenados a vivir bajo el yugo del temor ni bajo la sombra de la impunidad. Con una autoridad que investigue con transparencia y rigor, gobiernos municipales comprometidos y una ciudadanía que participe activamente con corresponsabilidad y valores solidarios, es posible sanar el corazón estrujado de nuestra región y devolverle a esta bendita tierra la tranquilidad que tanto merece.





