

El pasado jueves 18 de junio de 2026, asistí como maestro que soy, a la Universidad Tecnológica de Izúcar de Matamoros, donde se llevó a cabo el foro “La Nueva Escuela Mexicana a tres años: Recuperación, diálogo y construcción colectiva desde la experiencia”.
Esta iniciativa, impulsada por la federación, me pareció muy valiosa, pues marca el inicio de un trayecto en Puebla de siete foros regionales y uno estatal, con un propósito sumamente noble y necesario: analizar los avances y áreas de oportunidad de la reforma educativa actual.
A mi juicio, la intención es brillante en su concepción original, pues busca construir desde abajo, escuchando directamente a quienes sostienen el sistema educativo día con día: las maestras y los maestros de nuestro país. Sin embargo, para que este esfuerzo no quede en un simple ejercicio de cumplimiento formal o en una oportunidad perdida, es urgente mirarlo con un enfoque crítico y propositivo.
Con este espíritu, hago algunos comentarios y sugerencias respetuosas. La dinámica del foro, estructurada a través de una conferencia principal y once mesas de trabajo, demostró el enorme entusiasmo y la capacidad reflexiva del magisterio. No obstante, surgieron áreas de oportunidad metodológicas que no podemos ignorar si aspiramos a una mejora continua real.


Por un lado, la conferencia inaugural, fue muy interesante; la ponente habló sobre su experiencia en la formación de maestros en la Normal Superior del Estado, sin embargo, en opinión de algunos docentes, se desvió del foco central que demandaban los propósitos del foro y las expectativas de los docentes: presentar un balance puntual, con datos y realidades, sobre estos primeros tres años de la implementación de la “Nueva Escuela Mexicana” (NEM).
Por otro lado, aunque las mesas de trabajo permitieron a los docentes reflexionar colectivamente a partir de sus vivencias cotidianas, faltó una metodología rigurosa que permitiera sistematizar y recuperar de forma más amplia la riqueza de sus experiencias, en torno a los pilares fundamentales de la reforma.
Celebrar el trabajo docente implica respetarlo, y respetar el tiempo de los maestros exige diseñar herramientas de consulta profundas, que eviten a toda costa la superficialidad. Para enriquecer los foros restantes y dar pautas claras de por dónde podríamos caminar, es indispensable definir con total claridad qué se quiere evaluar.
La brújula del sistema no pueden ser las experiencias aisladas y fragmentadas, sino el logro de los propósitos establecidos en el artículo tercero constitucional, y la Ley General de Educación en el capítulo once. El Estado, a través de esta reforma, establece buscar la equidad, la excelencia y el desarrollo humano integral, colocando al centro el máximo logro de aprendizaje de los estudiantes e incidiendo en la cultura comunitaria a través de la corresponsabilidad.


Por tanto, las preguntas centrales que deberían guiar cada discusión son muy sencillas pero contundentes: ¿Se está logrando una autentica formación integral?, ¿nuestros aprendientes a tres años son más críticos, honestos y solidarios?, ¿existen acciones reales de trasformación en las comunidades?
Estas son algunas preguntas extraídas de los rasgos del perfil de egreso, que, desde mi punto de vista, debería ser la brújula principal para guiar la revisión de la NEM a tres años de su implementación. Si en el balance detectamos que estos rasgos no se están alcanzando de manera sustantiva, el siguiente paso indispensable es identificar las causas profundas de las brechas.
En este punto, valorar el trabajo del maestro significa revisar de forma autocrítica si el sistema les está garantizando las condiciones adecuadas para ejercer su labor. Solo a partir de este diagnóstico honesto se podrán ajustar con certidumbre las metodologías sociocríticas, los planes de formación continua y las estructuras administrativas edificantes, no asfixiantes. Finalmente, una verdadera transformación democrática y comunitaria no puede ser unilateral.
Si la “Nueva Escuela Mexicana” abandera el derecho a la educación en su dimensión de aceptabilidad, resulta imperativo incorporar formalmente a las consultas a los sujetos más importantes del proceso: los aprendientes. Escuchar la voz de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes respecto al tipo de educación que están recibiendo, nos daría una perspectiva invaluable de la realidad escolar.
Y si se pudiera, valdría la pena integrar de forma activa las voces de las madres y padres de familia, quienes aportarían datos cruciales para medir el impacto real de la formación en la vida familiar y comunitaria.
La transformación educativa del país no se logra por decreto, ni se consolida con un catálogo de consigas por más emancipatorias que parezcan; o se construye desde las bases con rigor metodológico, problematización genuina de la realidad y un ciclo sostenido de reflexión-acción (praxis) y sentido de comunidad, o la “Nueva Escuela Mexicana”, que desde mi punto de vista es un proyecto valioso y representa una oportunidad histórica para transformar la educación en nuestro país, corre el riesgo de ser recordada simplemente como una valiosa oportunidad perdida. Recuperemos su esencia, y de manera crítica pero propositiva, colaboremos con entusiasmo y esperanza realista, en la concreción de los valores que entraña la “Nueva Escuela Mexicana”.





