“El sueño americano”

Por: Francisco Bonilla

Son las 5 de la mañana, suena la alarma, nos preparamos para salir a trabajar hacia Glebel, mi primer día de trabajo a ganar unos dólares, mi primo me invita a tomar una taza de café con un tamal, para aguantar hasta la hora del lunch en el trabajo. Mi primo cuenta con un carro, ya que tiene mucho tiempo de vivir acá en los Ángeles, California, me da unos tenis usados, una playera y una chamarra impermeable para soportar el frio y la lluvia, que ese día estaba en su esplendor; me dice ponte esto primo porque los zapatos que traes no te servirán en el jale.
Nos ponemos el cinturón de seguridad y pone el GPS con la ubicación a donde nos dirigimos; por unos 10 minutos recorremos las calles de los Ángeles hasta llegar al “freway” que nos conduce hasta el lugar de trabajo, todo preocupado en primera porque no hablo inglés, y me dice que seguramente me mandaran con otro empleado de la compañía. Mientras transitamos, platicamos cosas de nuestra infancia, de nuestro pueblo, de alguna chica que nos gustaba y que al paso del tiempo perdimos comunicación, las calles y tantas cosas que nos hacen afines.
Llegamos y un ingeniero alto que se expresa en inglés, nos da la bienvenida y nos ofrece un café. Posteriormente, nos dice que iremos en pareja para verificar donde entra el agua, para que se repare cada desperfecto. Algo sencillo para mí, ya que he estado impuesto a trabajar en el rayo del sol y realizar labores pesadas en el campo.
El manager nos da indicaciones en español y se porta muy buena onda con nosotros; nos dice que tengamos cuidado y que regresa a las 14 horas para llevarnos de regreso. Transcurre el día en calma, ha y también nos indica que tomemos nuestra hora del lunch, que está el agua y el horno de microondas para calentar la comida. Transcurre el tiempo tan rápido, y llega la hora de salida.
Yo muy contento de haber trabajado 8 horas y que por lo menos alcanzare 140 dólares en el día, hago mis cálculos a pesos mexicanos, eso me pone muy feliz, hasta se me olvida por un momento que soy indocumentado, y que los del ICE andan por todos lados; salimos y vamos de vuelta a casa, con las precauciones debidas para no ser sorprendidos por la migra como comúnmente se les conoce.
Cuando al fin llegamos a casa de nuevo, me da gusto porque sé que este día hemos librado la migra, y que nos hemos ganados unos 140 dólares. La comida esta lista y me invita a pasar al comedor; con esta hambre que traigo lo que me ofrezcan es bueno y no poner peros, porque de lo contrario ese día no comerás.
Al finalizar el día, mi primo me indica donde está el baño, me ofrece una toalla, jabón, pasta de dientes, y mi cama será el sofá, con una cobija que tanta falta hace con tanto frio y por las lluvias torrenciales que cayeron en diciembre de 2025. La travesía para llegar a los Ángeles California, es digna de contar, de trabajar y el miedo constante de que los agentes del ICE nos encontremos con ellos, y nos deporten a México, sin haber antes completado lo del coyote, y enviar algo a nuestra familia.





